GENERATION KILL

Publicada en Publicada en David Simon, Especiales

Generation Kill y la agonía del trabajador moderno

En trayectorias largas, netas, se aproximaban constantemente hacia nosotros, siseando, las balas.

Ernst Jünger

Here we are, perfectly tuned Ferraris in a demolition derby

(“Aquí estamos, Ferraris perfectamente tuneados en un derby de demolición”)

Sgt. Brad Colbert

Generation Kill sigue la expedición desde Kuwait hasta Bagdad del 1.er Batallón de Marines de Reconocimiento del ejército estadounidense durante la invasión de Irak en 2003. La serie está basada en el libro homónimo de Evan Wright, un periodista de Rolling Stone que acompañó a los marines a lo largo de toda la campaña y que colaboró con David Simon y Ed Burns en la producción para HBO. Los siete episodios desgranan las miserias y las contradicciones de la malhadada Guerra de Irak y ofrecen una visión del conflicto que, en la línea de los autores, asume su complejidad sin caer en idealismos pero tampoco en la desesperación.

La principal sensación que deja la serie es de desasosiego. Ello contrasta con el resultado favorable de la campaña: el país es tomado en tres semanas sin que nuestro batallón sufra ninguna baja. Y, sin embargo, el espectador se encuentra compartiendo la desazón de unos marines que, pese a haber ejecutado sus misiones con admirable eficacia, se encuentran al final con un país devastado y sin posibilidad de prestar ninguna ayuda a sus gentes. Que la guerra de Irak fue una tragedia de lamentables consecuencias es algo sabido por todos, y en la serie se indican con sencillez y desde los primeros compases de la invasión muchos de los problemas que aún hoy asolan la región: inestabilidad política, una estructura económica descalabrada, falta de servicios básicos, etc. Pero nunca se adopta el punto de vista de las víctimas de la guerra y el drama humanitario sólo queda apuntado (literalmente, los marines del batallón toman nota de las necesidades de los bagdadíes antes de abandonar la ciudad para no volver).

El conflicto central de la serie es, más bien, la decepcionante experiencia de los marines, y no sólo por las catastróficas consecuencias de la guerra. Lo que parece pesar más en el ánimo de estos hombres es que su participación en la guerra no les ha permitido hacer pleno uso de sus habilidades. Su frustración es de índole profesional, como la del trabajador sobrecualificado o la del especialista que desperdicia su talento en un trabajo corriente. El sargento Colbert, líder del equipo que acogió a Wright durante la invasión, tenía esto muy claro cuando dijo: “We aren’t being warriors out here. They’re just using us as machine operators, semi-skilled labor”(“Aquí no estamos siendo guerreros. Solo nos utilizan como operadores de máquinas, mano de obra semicualificada”).

Hay que tener presente que los marines de reconocimiento son unidades de élite. Se preparan durante años para adquirir habilidades propias de fuerzas especiales y están entrenados para atacar objetivos concretos con precisión. Adoctrinados a conciencia, su disciplina y su valor nunca flaquean.

Esto no quiere decir que se comporten como caballeros; muy al contrario, son malhablados, racistas, machistas, y muchos de ellos manifiestan sin reparo que su único propósito en Irak es “matar moros”. Reflejo de la clase baja norteamericana, se trata de jóvenes entrenados para tomar decisiones a las que ningún adulto debería enfrentarse, mientras que mantienen la despreocupación y el sentimiento de invulnerabilidad propios de un adolescente. Nada que ver con aquel soldado Ryan que lloraba ante la tumba de Tom Hanks mientras consideraba si su vida había estado a la altura del sacrificio de éste, o con el soldado Witt de La delgada línea roja, que interrogaba a Dios acerca de la caída del hombre en la barbarie. Estos marines son prodigios físicos y habilidosos combatientes, capaces de cualquier cosa menos de emular a esos héroes americanos tantas veces representados.

La guerra queda así desmitificada. El funcionamiento del ejército se revela similar al de una compleja industria gracias al detalle con que sus aspectos logísticos y organizativos son puestos en escena. Los marines, como cualquier trabajador de una industria moderna, son profesionales que cumplen con su deber sin capacidad de controlar cómo encaja su función en el orden global de las cosas. La serie presenta con detalle el apabullante despliegue tecnológico y logístico del ejército americano, a la vez que se recrea en sus inexplicables fallos, para mostrar la fractura entre las expectativas de los hombres que operan la maquinaria y una realidad regida por la lógica de la técnica.

A lo largo de los siete episodios vemos al batallón modificar sus reglas de enfrentamiento varias veces y dejar escapar a soldados hostiles, disparar contra civiles, desarmar al desmoralizado ejército iraquí y luchar contra tropas irregulares de procedencia incierta. Una campaña caótica, plagada de incertidumbre y cambios de estrategia, que minará el ánimo de unos marines acostumbrados a desplegar extensas habilidades técnicas y tácticas para llevar a cabo sus misiones pero no a bregar en la irresoluble complejidad de una ocupación.

Mientras sus oficiales los envían a misiones inútilmente peligrosas, tanto para ellos como para los civiles locales, los marines se preguntan qué han venido a hacer a Irak. Por extraño que parezca, las mejores unidades del ejército americano parecen no encontrar su lugar en esta guerra, algo doblemente trágico dado que muchos de ellos se alistaron porque no encontraban un lugar en su propio país. Producto de la desagregación de las sociedades occidentales, estos jóvenes, que el propio Wright denominó “la primera generación de niños desechables de América”, han hallado en el cuerpo de marines un colectivo sobre el que fundar su identidad y una profesión de la que sentirse orgullosos. Al llegar a la guerra como profesionales de la infiltración y verse obligados a cargar casi a pecho descubierto contra las plazas enemigas, sus sensaciones se acercan más a las del kafkiano agrimensor K. que a las del tradicional soldado que marcha al frente convencido de la nobleza de su causa.

Lo peor es que ese aparente disparate estratégico resulta finalmente ser parte del gran plan del ejército americano para la invasión, basado en una especie de guerra de maniobras y en la capacidad de la tropa para adaptarse a ella. El veloz despliegue y la contundente victoria dan fe de la superioridad bélica estadounidense, que contrasta con su inoperancia para organizar el país ocupado. La maquinaria de guerra ha funcionado con demoledora eficiencia, dejando tras de sí un país arrasado y unos soldados que sólo pueden juzgar sus acciones con el distanciamiento propio de alguien que sospecha haber sido invitado a una fiesta para ser objeto de una broma pesada pero no está seguro. Los jóvenes del batallón pertenecen a una generación acostumbrada a ser engañada y que ha perdido la fe en los valores de la sociedad que la engendró, sociedad que ahora no tiene sitio para ellos y que les culpa de sus problemas.

Generation Kill narra un road trip fallido, la historia de unos chavales que se lanzan a una aventura para realizarse a sí mismos con la excusa de liberar al pueblo iraquí, fracasando en ambas cosas. Lo más destacable es que esos jóvenes no viven ese fracaso como una tragedia. El humor y el cinismo que exhiben a lo largo de toda la serie no son un mero mecanismo de alivio ante la tensión del combate. Son una actitud vital, una manera de asumir que los mandos cometen errores graves y persiguen fines ocultos aunque ello cueste vidas, que toda autoridad es susceptible de engañarlos y, pese a todo, obedecer. El descubrimiento, al final del episodio 6, de que las armas de destrucción masiva no existen deja a todo el mundo indiferente.

El humor comienza como recurso funcional al tipo de trabajo que realizan los marines, pero rápidamente se extiende al resto de la acción y se convierte en recurso narrativo. La guerra aparece como algo absurdo donde nada sucede como debe. Las disquisiciones teóricas del coronel, que trata de motivar a sus oficiales, se ven frecuentemente interrumpidas por las preocupaciones de éstos por la falta de elementos básicos como mapas o baterías. La prometedora misión de la captura del aeródromo se convierte en una carga ridícula contra una base abandonada a la que sólo falta música de Wagner. Incluso el reportero se apunta un par de gags aun a riesgo su vida, al no saber ajustarse el traje de protección antigás y al huir en zigzag de un francotirador enemigo imitando lo visto en una película.

Generation Kill nos enfrenta desde la experiencia de la guerra a una problemática que es esencial a nuestra sociedad: el derrumbamiento de las certezas tradicionales y el humor como único asidero para sobrevivir a la tragedia. La serie entronca así con el universo típico de la obra de Simon y Burns. Profesionales capaces insertos en estructuras corruptas que permiten vislumbrar una manera correcta de hacer las cosas, aunque en última instancia siempre fracasen a causa de la lógica viciada del sistema.

La serie produce desasosiego porque es imposible hallar un sentido a lo que se acaba de presenciar. La insatisfacción de los marines después de una campaña militarmente inmejorable representa el hundimiento de nuestra sociedad ante el predominio de la técnica, la culminación del nihilismo. Como espectadores, nos debatimos entre el distanciamiento y la simpatía ante unos personajes enormemente rudos y agresivos pero que no dejan de mostrarse vulnerables y de revelar preocupaciones que no nos son ajenas. Compartimos así con ellos una experiencia de aprendizaje que les obliga a cuestionar sus convicciones. La escena final muestra la reunión del batallón para ver una película montada por uno de sus miembros. El entusiasmo inicial decae rápidamente y todos abandonan la sala con disgusto ante la recopilación de sus hazañas.

Pocos autores retoman tan bien la célebre sentencia de Stendhal: Simon y Burns nos sitúan ante un espejo que refleja esperanza pero también, y sobre todo, miseria. Ante esa realidad agonizante nos corresponde reaccionar a cada uno de nosotros.

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