LA HERENCIA DE QUENTIN TARANTINO

La herencia de Quentin Tarantino. La doble influencia

El año pasado se estrenaba en salas de todo el mundo la última película de Drew Goddard, Malos tiempos en el Royale (Bad Times At the El Royale, 2018). El punto de partida de su trama se basa en el suspense creado alrededor de los secretos de siete desconocidos que, por una razón o por otra, se ven abocados a pasar una noche en el hotel Royale. La historia, evoca los tópicos del cine negro: los secretos que anidan en los personajes, las tramas y subtramas que van floreciendo por doquier y basadas en un único patrón, con la diferencia de que cada una pertenece a un subgénero diferente (secuestros, sectas, asesinatos en serie, etc.). Malos tiempos en el Royale, más allá de su argumento, destaca por una propuesta estilizada hasta el extremo, capaz de lo mejor y de lo peor. La historia se hipoteca a un montaje basado en juegos con el punto de vista, como eb Rashomon (1950) de Akira Kurosawa, y a la suspensión de la credibilidad de un guion equivalente a una montaña rusa. Como resultado, la estructura narrativa y el ritmo de la cinta se resiente bajo este ejercicio narrativo grandilocuente, reflejo de su evidente fuente de inspiración: Quentin Tarantino. Sí, Drew Goddard es de los últimos grandes nombres en caer bajo el yugo del director de Tennessee. Pero consciente o inconscientemente no ha sido el único. Algo normal dentro de esta generación de cineastas posmodernos ─a la que Tarantino pertenece, ya que él mismo comenzó su carrera desarrollando y aplicando su basta red de conocimientos influenciada por los directores de toda una generación, desde el estilo y la personalidad de Leone, pasando por la Nouvelle Vague, hasta el cine de artes marciales.

Del Spaghetti Western Tarantino ha heredado la capacidad de estructurar el ritmo de las secuencias y el orden de las escenas mediante un montaje frenético y el uso de la banda sonora como elemento estructurador de las escenas de sus películas. Como ya hizo el maestro Sergio Leone en su trilogía del dólar, Tarantino contó con la ayuda de Ennio Morricone (no son temas originales ya que los fragmentos ya estaban compuestos) para crear una suerte de homenaje mediante su puesta en escena en algunos de los compases de Kill Bill Vol.2 (2004) o, incluso, creó junto al compositor italiano un conjunto de melodías capaces de enfrentar las partituras de Hasta que llegó su hora (Once Upon a Time in The West, 1968) con la ya sí composición original de Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015). Queda claro que el lado western de Quentin Tarantino bebe del maestro italiano, así como también de otro gran realizador del subgénero, Sergio Corbucci (autor, por cierto, mencionado en la reciente Érase una vez en … Hollywood). Este estilo es quizás el más destacable en cuanto a influencia directa, no obstante, la riqueza cinematográfica del director de Pulp Fiction (1995) bebe de otros manantiales cinéfilos. Godard y la Nouvelle Vague está muy presente en cada escena, en cada tratamiento narrativo y en el el uso de un estilo intencionadamente fragmentado, con insertos en mitad de escenas, por ejemplo. El cine de artes marciales de los años setenta y ochenta también mana en su filmografía inspirado en títulos de su idolatrado Sonny Chiba, quién interpretó a Hattori Hanzo en el primer segmento de Kill Bill Vol.1 (2004), el mayor homenaje al subgénero en la carrera del cineasta. Otro gran homenaje hace referencia directa al cine de Bruce Lee, siendo Juego con la muerte (Game Of Death, 1978) u Operación Dragón (Enter the Dragon, 1973) cintas cuyo homenaje puede verse directamente en Kill Bill Vol.1 (2004) durante las escenas donde la Novia está vestida con el mismo chándal amarillo del maestro de artes marciales. La influencia es vasta, tanto que haría falta una especialidad de estudio en Quentin Tarantino para cazar todos y cada uno de los homenajes existentes dentro de sus filmes, los de un empleado de videoclub que se empapó de cine desde que tenía acto de conciencia.

Pues bien, todo ello ha resultado (y de manera obvia) en una gran cantidad de nuevos, e incluso coetáneos, realizadores que han continuado la labor popularizada por Tarantino, magnificándolo y convirtiéndolo en seña de identidad. Labor, empero, también ejercida por un lado paralelo, dado que no solo Tarantino es heredero de un estilo y una influencia. Si bien hay directores que han nacido directamente del bajo su seno, incluso es cierto que hay otros pocos que se han curtido bajo casi las mismas condiciones culturales. De entre todos estos últimos destaca el británico Danny Boyle. Casi un par de años después de la obra magna de Quentin Tarantino, Pulp Fiction (1994), el director inglés estrenaba Trainspotting (1996). Esta película está hermana con el cine del estadounidense por el uso de un estilo casi mellizo, enfrentando escenas al límite (una jeringa o un inodoro, por ejemplo), diálogos y conversaciones que tienen tanto de original como de soez pasando por una selección musical de lo más ecléctica y actualmente necesaria. Sin embargo, la utilización musical es diferente según cada director, si Danny Boyle apuesta por temas más contemporáneos a sus cintas (Blur, Underworld, etc.), Tarantino demuestra su capacidad de recontextualizar canciones tanto del presente como del pasado como por ejemplo Don’t let me be misunderstood de los Animals. Queda totalmente nítido que el cine de Danny Boyle desde entonces y en algún título más como La playa (The Beach, 2000), se adscribe a una generación posmoderna, donde el homenaje y la diferenciación es la norma. Continuando estas líneas que abarcan los dos lados del gran charco, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña han continuado “naciendo” herederos directos. Joe Carnahan estrenó en el 2007 una cinta que podría considerarse la antecesora de la que inicia estas líneas (Malos tiempos en el Royale): Ases calientes (Smokin’ Aces), otro título que tanto en estilo como en discurso narrativo debe mucho al Reservoir dogs (1992) y al Pulp Fiction de Quentin Tarantino. En tierras europeas otro autor crece bajo la impronta del mismo sello, Guy Ritchie, y es con sus primeros títulos donde adquiere (subjetivamente dada) la etiqueta de influenciado por el realizador americano. Lock & Stock (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1998), Snatch, cerdos y diamantes (Snatch, 2000) y RocknRolla (2008). Estas películas se adscriben a los recursos (que casi se podrían denominar) clave para ensamblar cualquier cine con el de Tarantino, como la fragmentación del montaje empleado como unión narrativa o diálogos a caballo entre la originalidad, el humor negro y la sofisticación más vulgar. pertenecen a ese estilo, el estilo que directa o indirectamente comenzó con Quentin Jerome Tarantino.

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