HARD AS INDIE Y LA VIDA EN UN RODAJE

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Rodando sin luz

Vivir rodando
Vivir rodando (Tom DiCillo, 1995)

Te has levantado a las cinco de la mañana por cuarto día consecutivo. La ducha y el desayuno pasan de forma brumosa y, cuando el golpe de frío matutino te despierta realmente, estás en plena calle, esperando en una esquina mal iluminada y vacía a que la ayudante de producción te recoja en su coche. 20 minutos más tarde, 40 después de lo convenido, la chica aparece con su vehículo de dos puertas abarrotado de material de rodaje. Os gruñís algo parecido a un saludo, te sientas como puedes, buscando la postura en la que el ceferino que reposa en el asiento trasero se te clava menos en la espalda y partís hacia la localización.

Hora y media después te despiertan los insultos que la ayudante le está dedicando a quién sea que esté al otro lado del teléfono. Al parecer, el productor se ha quedado dormido. Eso de por sí no tendría porque ser un gran problema, teniendo en cuenta que el productor es en realidad el primo del director y no tiene la más mínima experiencia en rodajes, pero por desgracia lo que sí tenía es la llave para acceder a la nave donde vais a rodar. Sales del coche y descubres que el descampado se ha llenado de más coches, el de la maquilladora, el del actor principal, la furgoneta del jefe de eléctricos, todos ellos llenos hasta los topes de cajas de filtros, banderas, esticos, focos y otros cacharros. La mitad del equipo humano esta ya allí, fumando mientras se dedican a hablar del productor en términos poco cariñosos. El actor está aprovechando la oportunidad para colar alguno de sus chistes cuñadiles, así que te alejas y tratas de concentrarte en revisar el plan de rodaje del día. La intención es rodar 24 planos en las próximas 12 horas, antes de que se vaya la luz. A eso habría que sumarle los cinco planos que se quedaron sin rodar el día anterior más los dos planos que se grabaron fuera de foco el martes. Como sabes que, con suerte, seréis capaces de grabar la mitad de todo eso, dejas de mirar el maldito plan y te concentras en tomarte un café y no pensar demasiado en lo bien que debía de estar el productor en su cama hace un par de horas mientras tú te congelabas de camino a la recogida.

De alguna forma, todo va avanzando. El productor aparece, igual que el resto de gente, y comenzáis a grabar con solo una hora de retraso. Durante las primeras horas, el cabreo generalizado parece irse disipando y el rodaje tira adelante con pocos incidentes. Solo queda un plano por grabar antes de la hora de comer y todos están ansiosos. Entonces, cuando el plano está ya prácticamente preparado, el script dice las palabras malditas: “Oye, nos estamos saltando el eje”.  A partir de ese momento, todo el equipo decide que lo mejor que se puede hacer es dedicar una hora a discutir si se están saltando el eje y cómo demonios se va a montar eso tal y como aparece en el storyboard. Por supuesto, el script tiene razón (es la persona con más experiencia y más inteligente de todo el equipo, lo que pasa es que habla muy bajito), por lo que toca preparar el plano de nuevo. Así, con casi tres horas de retraso, llegáis a la comida derrotados y hambrientos.

Cuando un rodaje va bien, la hora de la comida puede ser uno de los mayores placeres del mundo. La gente está cansada pero de buen humor y recibe la comida con ganas. Es el momento en que se forjan amistades, se comenta lo bien que ha quedado tal o cual plano y se cotillea sobre la vida sexual de todo el equipo (que, en todo rodaje que se precie, suele ser muy activa). Pero, si la cosa va mal, la comida se convierte en una trampa mortal. Cualquier problema, por pequeño que sea, se convierte en la chispa que enciende la revolución. Si los macarrones están fríos, prepárate para el motín. La ilusión que se veía en las reuniones de preproducción desaparece y queda una única idea jodida: estoy aquí, haciendo el imbécil, sin cobrar un duro y aún quedan 6 horas de rodaje…

A todo aquel que haya participado en un rodaje amateur o a pequeña escala, de esos que suceden cada día en los márgenes de la industria y en los que se foguean los futuros profesionales, le sonará esta historia. Para todos los demás, sin embargo, puede que les suene a chino. El cine se ha preocupado mucho de mostrar los entresijos de un rodaje en trabajos como La noche americana (François Truffaut, 1973) o Feud: Joan and Bette (Jaffe Cohen, Ryan Murphy y Michael Zam, 2017), pero casi siempre dentro del marco de la industria. Sin embargo, ¿cuánto sabemos de lo que sucede en las escuelas de cine, en los proyectos amateurs, en los cortometrajes levantados a pulso por el puro deseo de crear algo?

El cosmonauta
Imagen del rodaje de El cosmonauta

Hace poco tuve la oportunidad de ver Hard as Indie, el documental de Arturo M. Antolín (recién estrenado en Filmin) que relata el proceso de creación de El cosmonauta (Nicolás Alcala, 2013). Aquella ficción, levantada a base de entusiasmo y crowdfunding por un grupo de jovenes, estuvo en boca de todos hasta que finalmente se estrenó, momento en el que se disipó como el gas de una cerveza que lleva demasiado tiempo en el vaso. Los autores de El cosmonauta pretendían que la forma en la que estaban construyendo el proyecto iba a cambiar el proceso de producción del cine, que el micromecenazgo colectivo, tan novedoso en aquel momento, iba a revolucionar el cine. Ahora sabemos que no ha sido así (aunque no por eso no pueda serlo en el futuro), y viendo el documental se comprende rápidamente que no había nada muy sólido que hiciera pensar que así iba a ser, solo el entusiasmo de tres jóvenes a los que se les llenaba la boca con palabras grandilocuentes como “transmedia”, “libre” o “colectivo” pero que, al final, solo querían hacer su película lo antes posible. En ese sentido, El cosmonauta fue una fantasía que se vendió bien pero se pensó muy poco. Tampoco el documental se ocupa de pensarlo más: no hay aquí un análisis de otros ejemplos de crowdfunding ni se plantea por qué este formato de captación de inversores sí ha sido capaz de conseguir importantes éxitos en terrenos como el videojuego, los juegos de mesa o la electrónica mientras el cine se le resiste. Hard as Indie está tan enfocada en El cosmonauta que difícilmente nos va a permitir entender algo fuera de ella.

Sin embargo, por el camino descubre otro terreno bastante inexplorado e igual de interesante: el de la documentación del proceso de producción de una película tan fuera de la industria como El cosmonauta. Es ahí donde el documental logra dar el salto de lo particular a lo universal, mostrando con fascinante viveza lo que es un rodaje fuera de la industria. Para todo aquel que lo haya vivido al menos una vez, resulta revelador poder ver desde fuera todos los errores comunes, las luchas de egos, el agotamiento, el deseo de rendirse y el explosivo entusiasmo que lo impide. Hard as Indie hace que sea más interesante hablar del proceso de creación que de la obra en sí, y aunque no aporte demasiada luz sobre su objeto de estudio, más allá de las múltiples rencillas personales que generó, es un documento tan valioso que debería ser de estudio obligatorio en las escuelas de cine.

Hard as Indie
Hard as Indie (Arturo M. Antolín, 2018)

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