HAN SOLO: UNA HISTORIA DE STAR WARS

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Cumpliendo órdenes

Hay que reconocer que, en la trilogía original de Star Wars, Han Solo era el que más molaba. Luke Skywalker era el protagonista, sí, pero Solo era el canallita, el gracioso, el ligón, el malote… Si nos imaginábamos dentro del universo creado por George Lucas, ser un chaval con la cara desfigurada, traumatizado por tu padre y enamorado de tu hermana era un poco de pringado, la verdad. Han Solo era el prototipo del aventurero, el forajido que iba de pueblo en pueblo. Por eso Disney no podía permitirse perder al personaje con Harrison Ford fuera de servicio. Estuvieron astutos creando una conmoción con su muerte al final del Episodio VII (Star Wars: El despertar de la Fuerza -JJ Abrams, 2015), pero no lo han estado tanto con su regreso en forma de precuela.

Han Solo: Una historia de Star Wars mezcla los elementos básicos de la saga en una coctelera con más postureo que convicción: El dilema entre la luz y la oscuridad, la relación paterno-filial escabrosa, los sacrificios por el bien común, la constante amenaza de un villano superior oculto… Ideas que son recicladas (una vez más) y que, ciertamente, ya empiezan a cansar hasta a sus responsables. Teniendo tan a mano el ejemplo de Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014), sorprende que su maestra Star Wars haya vuelto a unir space-opera y western con tanta desgana. La magnífica banda sonora de John Powell y John Williams trata de mantener la épica, sin éxito, ante unas anodinas y trilladas aventuras que parecen sacadas de un olvidado spaghetti western cualquiera (el asalto al tren, la rebelión en la mina, el duelo al sol). Por muy correctas que sean, no tienen nada que destaque sobre las decenas de películas de género que la acompañarán este año en la cartelera.

La máquina de la nostalgia no cesa, pero es insuficiente si no va acompañada de algo más. Los guiños, referencias, easter eggs o como quieran llamarlo, son tan solo detalles sueltos, muchas veces metidos con calzador, en las insípidas secuencias de transición que sirven de nexo a los segmentos de acción del filme. Pero la cosa no funciona así. Al espectador no le sirve de nada reconocer a un personaje de la serie de animación, o de la novela apócrifa de turno, si al mismo tiempo se cargan el espíritu rebelde y la socarronería característica del protagonista. Y en esto no podemos echarle la culpa a Alden Ehrenreich, porque si algo tiene de positivo el nuevo Han Solo es que el actor sí está a la altura del personaje. El problema es que todo parece escrito con el piloto automático, por inercia, como si estuvieran impacientes por terminar una película para ponerse con la siguiente. Prueba de ello es que el personaje más trabajado es del que más réditos pueden sacar en el merchandising: un robot protestón, deslenguado y comprometido con la lucha de la clase obrera. El único que parece tener vida propia.

A Solo le repiten varias veces que lo único que tiene que hacer es  “seguir las reglas”, “cumplir órdenes”, “no salirse del plan”, cuando todos sabemos que el piloto es la improvisación, incluso la temeridad, en persona. Quizá eso mismo es lo que les decía Kathleen Kennedy a Phil Lord y Chris Miller antes de despedirlos como directores de la película. Son solo suposiciones, claro, no sabemos oficialmente qué ha quedado de unos y de otros en el montaje final, pero es innegable que el resultado parece tener más del trabajo sobrio y sin riesgos de Ron Howard que de la improvisación y la frescura de Lord y Miller. Y es una pena.


Han Solo: Una historia de Star Wars (Solo: A Star Wars Story, EEUU, 2018)

Dirección: Ron Howard (no acreditados: Phil Lord y Chris Miller) Guion: Lawrence Kasdan, Jonathan Kasdan (personajes de George Lucas) Producción: Simon Emanuel, Kathleen Kennedy, Allison Shearmur / Música: John Powell y John Williams / Fotografía: Bradford Young / Montaje: Pietro Scalia / Diseño de producción: Neil Lamont / Reparto: Alden Ehrenreich, Emilia Clarke, Woody Harrelson, Donald Glover, Thandie Newton, Paul Bettany, Phoebe Waller-Bridge.

 

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