FORTUNA

Cuesta sentir el soplido

Fortuna, de Germinal Roaux

En un puerto alpino en la frontera entre Italia y Suiza, a más de dos mil metros de altura, una niña africana habla con un par de animales. Primero con un pollito, al que le asegura que cuando sea mayor como su madre lo bautizará. Después con Clochette (campanita), un burro grisáceo que acompañará durante toda la película a la protagonista, a Clochette le susurra que es lo único que tiene en el mundo. Todo esto en un blanco y negro que, sumado al ademán honesto, pacífico y noble que solamente se reconoce en los asnos, nos invita a pensar, ni que sea por un momento, en ese cristo orejudo que nos dejó Bresson. Luego a Clochette se lo lleva de paseo por un camino rocoso hasta llegar a una ermitilla recóndita. Allí aparece la tercera interlocutora, una figurita de la Virgen María acompañada de varios velones y de una foto de sus padres, desaparecidos tratando de cruzar el Mar Mediterráneo. La niña reza por ellos, estén donde estén, besa la foto y dice que tiene un secreto, lo sabremos más tarde. Ella se llama Fortuna y da nombre a la película de Germinal Roaux, un director franco-suizo adepto del blanco y negro, que ha transitado del documental a los largometrajes (Fortuna es el segundo que firma) siempre en clave de mirada social crítica. Esta es la primera vez que esa mirada lo arrastra a las complejidades de la vivencia religiosa en un mundo cada vez más estrechamente pluriconfesional.

Fortuna es el nombre de la Diosa no tanto de la riqueza como de la incertidumbre. De eso que llamamos azar tal vez para conjurarlo, y que los antiguos representaban con la rueda y la cornucopia, con las que viene y se va según su antojo. Y, aunque a ella su nombre no parece acompañarla, también la vemos vagando sin ton ni son por los alrededores nevados del monasterio donde se hospeda. Las imágenes enseguida te conmueven. Tan pronto te invade un primer plano con los ojos llorosos de Fortuna, como lo hace un plano general de la chica recorriendo las montañas nevadas acompañada del burro plateado, mientras se escucha la cuerda frotada de un cello tocando una pieza de Carl Friedrich Abel.  Este vaivén atraviesa toda Fortuna, protagonizada por una refugiada etíope en los Alpes, y está anunciado en la cita bíblica a la que recurre en un par de ocasiones el director Germinal Roaux donde Jesús convence a un vacilante Nicodemo del nacimiento del Espíritu: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

Fortuna

De hecho el nacimiento es el otro tema de esta película. Pero no el nacimiento espiritual, puesto que todos los personajes que aparecen ya se los ve bastante devotos, sino el nacimiento corpóreo. Este es el secreto que Fortuna no se atrevía ni a decirle a la Virgen: está embarazada. Ella tiene 14 años y el padre, uno de los refugiados del monasterio, rondará los 30. Poco después de saber que Fortuna está en cinta huirá para evitar problemas con la ley. Otro abandono doloroso para Fortuna, que estaba incomprensiblemente enamorada de un hombre que le pega y la culpa por quedarse preñada. Su propia maternidad, las oraciones a la virgen y a su madre fallecida constituyen la única compañía que queda a esta chica, cada vez más sola. Aunque cuesta saber si tanta oración es un consuelo o un agravante de la situación, un abandono mayor. En la primera conversación que mantiene con el abad, Fortuna musita convencida que a ella Dios no la escucha.

Y esta es la única pega que puedo poner a la película: al final deja un mensaje algo mojigato. Los monjes agustinos (y especialmente el abad, interpretado por un estupendo Bruno Ganz) son gente maravillosa que se entrega completamente a acoger a refugiados, siguiendo aquella premisa cristiana tan recurrente entre las órdenes mendicantes de “tuve hambre y me disteis de comer”. Es también el abad el que respeta más la decisión de Fortuna, y confía en su determinación por tener el bebé, oponiéndose al encargado de servicios sociales, que le aconseja que aborte.  Si bien el acercamiento a la soledad de los menores migrantes es contundente, el elogio a la vida y la pacatería cristianófila a veces resulta cargante. Esta “llamada del bien” monástica y simplona queda constatada con el detalle, argumentalmente gratuito de que, el padre del bebé, el único personaje oscuro de la película, es musulmán. Con todo y con eso es una película que vale la pena ver, aunque se salga de la sala con los ojos llorosos y el corazón encogido.

Fortuna, de Germinal Roaux


Fortuna (Suiza, 2018)

Dirección: Germinal Roaux / Guion: Germinal Roaux / Producción: para Vega Film Production, Need Productions, Proximus y Radio Télévision Suisse (RTS) / Fotografía:  Colin Lévêque / Montaje: Jacques Comets y Sophie Vercruysse / Diseño de producción: Ivan Niclass / Reparto:  Kidist Siyum, Bruno Ganz y Stéphane Bissot

 

Un comentario sobre “FORTUNA

  • el 05/01/2020 a las 03:20
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    Acabo de verla, es absolutamente vomitiva. Solo para gente provida.

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