D’A FILM FESTIVAL 2019 (I). Lav Diaz, Hu Bo, Tsai Ming-liang, Ben Wheatley…

Mirar es estar presentes

Justo al inicio de Lurralde hotzak (Cold Lands), ensayo visual de Iratxe Fresneda, hay una frase que nos puede ayudar a iluminar un cierto espíritu presente en gran parte de las obras de esta novena edición del D’A Film Festival. Viene de un texto de Víctor Erice, publicado en 2004 en la entonces Cahiers du cinéma España, y dice: «La lucha por la supervivencia de la imaginación pasa, entre otras cosas, por la lucha contra el absolutismo del audiovisual». La idea del absolutismo audiovisual, que encuentra sus orígenes en Sobre la fotografía de Susan Sontag (1973), es el gran enemigo de un tipo de cine que lucha contra el régimen de la imagen de rápido consumo, para derrocar el imaginario que este está contribuyendo a construir, en la famosa era del simulacro. Son grandes palabros para un festival relativamente pequeño, pero que pone al orden del día la necesidad de afrontar la deseducación visual sobre la que orbita la cita de Erice desde su propia contradicción: a través del cine se aprende a mirar diferente.

Season of the devil, de Lav Diaz
Season of The Devil, de Lav Diaz

Tratar el hecho de mirar como algo que puede ser aprendido y reforzado. En esta edición del D’A han abundado películas que, efectivamente, son difíciles de ver: largas, desmoralizadoras o estéticamente extenuantes. Todas ellas, curiosamente, vienen del este. Está, por un lado, el filipino Lav Diaz con su Season of The Devil, un musical muy sui generis sobre las penalidades de cuatro personajes bajo la implacable dictadura de Ferdinand Marcos a finales de los años setenta. Aunque Diaz ya nos ha acostumbrado a bestialidades cinematográficas de ocho horas de promedio (unas cuatro más que esta), la repetición de los mismos pocos temas musicales, compuestos por el mismo cineasta, es lo que acaba sumergiéndonos en una experiencia realmente desbordante. Con tan solo cuatro minutos menos, se encuentra el primer y último largometraje del pequinés Hu Bo, multipremiado en todo el mundo, An Elephant Sitting Still. Al más puro estilo Béla Tarr, quien por cierto, era buen amigo del director, Bo sigue también a cuatro personajes en su deambular por una enorme ciudad postindustrial del norte de la China. Verdaderamente desesperanzada, la película es en sí misma un canto a todos aquellos atrapados en callejones sin salida, a los que fracasaron y a los que tan siquiera lo intentaron.

Un enfoque muy diferente al de Your Face, del taiwanés Tsai Ming-liang. Ming-liang, que venía de dirigir una experiencia en realidad virtual (The Deserted, presente en la 74ª edición de la Bienal de Venecia), vuelve al cine para sacar músculo en el mejor terreno del séptimo arte: el primer plano. El concepto de la cinta es sencillo: retratar a personas muy diferentes para sonsacar, a través del plano fijo y sin filtros aparentes, una pequeña experiencia de comunión con la imagen. Una hora y cuarto de “solo caras” constituye una propuesta arriesgada, hasta un poco punki, que se disfruta al máximo a través de un trabajo activo con la mirada.

Your Face, de Tsai Ming-Liang

Más allá del simple “ver películas”, la expresión inglesa to watch films se acerca un poco más al espíritu de este cine que necesita ser vivido (tras cuatro horas de metraje el cuerpo empieza a hacerse notar), pero también digerido y puesto patas arriba a través de la deconstrucción activa. Una idea muy cercana a Eisenstein para un cine eminentemente político, que reivindica el simple hecho de mirar, de indagar en una realidad que quizás no estamos tan dispuestos a admitir: ahí está La carga (Teret) de Ognjen Glavonic, por ejemplo. Esa es la carga de Pandora, en el enorme remolque de un camión que pide ser abierto para desvelar lo más feo del conflicto serbio. Mirar es, al fin y al cabo, estar presente en un sentido completamente literal: apostar por una experiencia del tiempo consciente, a veces algo duro de pelar. Un gesto subversivo dentro del régimen del autoritarismo audiovisual. En este sentido, la familia Pankrat’ev, de Carelia, Internacional con monumento, filmada por Andrés Duque, son auténticos guerrilleros de la imaginación viviendo en medio del Sandarmokh, el bosque donde entre 1937 y 1938 fueron ejecutadas unas diez mil personas de 60 nacionalidades diferentes. La idea del monumento, un elemento de recuerdo sacro y atemporal, contrasta con la rápida extinción de la cultura de la zona de Carelia, aplastada por el peso de la globalización y la rusificación.

Carelia, internacional con monumento
Carelia, internacional con monumento, de Andrés Duque

Pero, incluso en el D’A, no todas las formas de mirar pasan por la reivindicación política. Para empezar, porque el tema de la Sección Direccions, dedicada a autores consagrados y una de las más importantes del festival, giraba entorno a los placeres culpables. Y qué mayor placer culpable que observar a los miembros de la familia de Happy New Year Colin Burstead, de Ben Wheatley, destrozarse entre ellos durante toda la noche de fin de año. El británico se acerca a la Celebración de Thomas Vinterberg para construir una suerte de vodevil macabro en el que la red de afinidades entre los peones de una extravagante familia (perfectamente adaptables a la locura de su misma High-Rise) se hila y deshace con un espíritu deliciosamente negro. Este ha sido un año especialmente bueno para la cosecha de morbosas pesadillas provenientes del país de la Reina. A la cinta de Wheatley la acompañaba In Fabric (llegada de San Sebastián) la última propuesta de Peter Strickland que, siendo tan indescifrable como de costumbre, ofrece aquí un viaje por las caras más atrevidas del giallo en una historia con vestido asesino de protagonista. Llevar a cabo un ejercicio de introspección alucinatoria en medio de un entorno abocado al clamor social también puede ser un acto de rebeldía.

In Fabric, de Peter Strickland
In Fabric, de Peter Strickland

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