ESTAFADORAS DE WALL STREET

Sexo, poder y sororidad

Más de una década después, la crisis económica que ha transformado el panorama político, económico y social de manera implacable, sigue siendo materia de estudio y tema principal de una gran parte de las obras más interesantes provenientes del Hollywood menos mainstream. Desde la fundamental Margin Call (2011) de J.C. Chandor, representación gélida, acerada y lo más objetiva posible de la noche fatídica en Goldman Sachs, pasando por La gran apuesta (2015) de Adam McKay, una crisis económica para dummies brillante e incisiva, que junto a su posterior El vicio del poder (2018), demuestra que el otrora director de comedias gamberras se ha convertido en el heredero de Oliver Stone para representar y denunciar los estragos de las políticas neoliberales en la América contemporánea. Sin olvidar por supuesto El lobo de Wall Street (2013) de Martin Scorsese, un retorno al Scorsese adrenalínico, donde su hiperbólica y frenética puesta en escena salida de Uno de los nuestros (1990), intercambiaba la sangre y la violencia de la mafia a pie de calle, por las mezquindades del lujo más vulgarizado, representado en los estratos más marginales salidos de los sumideros de Wall Street.

De todos y cada uno de estos títulos bebe Estafadoras de Wall Street, el primer largometraje para la gran pantalla de Lorene Scafaria, directora, actriz, guionista y productora proveniente de la televisión. Un Uno de los nuestros de mirada femenina y feminista, de ritmo implacable y contrastado, donde el club de striptease, lúdico e irreal microuniverso de neón y sexualidad explícita, sirve de refugio e hipérbole de la atmósfera pre-crack del 2008 de un mundo occidental basado en el culto al exceso. Scafaria se sirve de la imagen y la rotundidad de una de las estrellas de dicho periodo, Jennifer Lopez y de una puesta en escena basada en la mirada extasiada del otro eje en el que se sustenta el largometraje -el personaje interpretado por Constance Wu- para mostrar las dos caras de una misma moneda.

En primer lugar, el mundo del stripclub, diseminado por Lopez más allá de las fronteras del mismo, basado en el frenesí del montaje sincopado y metaanfetamínico y el uso del plano secuencia para representar ese descenso a una madriguera del conejo repleta de luces brillantes y de neón. Una madriguera en la que cae hipnotizada el personaje de Wu de la mano de su Mefistófeles particular (Lopez), lugar donde las mujeres son amazonas tan sexualizadas como empoderadas, frente a unos hombres pusilánimes cuya supuesta virilidad es fruto de su cartera. En contraposición, tenemos el mundo de colores pálidos y desvaídos de lo real, representado en el entorno familiar del personaje de Constance Wu, realidad que es impregnada por el veneno de la codicia del club de striptease, pero que será  impregnado de nuevo por el virus de lo real, una vez el velo de lo ilusorio resquebraja la ilusoria realidad fruto del exceso.

Lorene Scafaria sigue al milímetro el auge y caída de unas mujeres que caen presa de la artificiosidad de la mentira capitalista, de la codicia y banalidad del mismo. Pero al contrario que los mencionados Uno de los nuestros o El lobo de Wall Street, Scafaria aporta a su aparentemente convencional relato, no solo de una incisiva mirada hacia la vacuidad de la codicia contemporánea, tan vacía como ese deseo sexual interpretado por las trabajadoras del club, sino la posibilidad de que sus criaturas no caigan al mismo vacío al que caían sus réplicas masculinas en la ficción, abrazando la sororidad entre ellas, único camino hacia su redención, convirtiéndose esto último en la verdadera alma de un trabajo más que estimable.


Estafadoras de Wall Street (EEUU, 2019)

Dirección: Lorene Scafaria / Guion: Jessica Pressler, Lorene Scafaria  / Producción: Jennifer Lopez, Will Ferrell, Adam McKay  / Fotografía: Todd Banhazl / Montaje: Kayla Emter / Reparto: Constance Wu, Jennifer Lopez, Julia Stiles, Mette Towley, Wai Ching Ho, Emma Batiz, Vanessa Aspillaga, Jay Oakerson, Trace Lysette.

 

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