DOCUMENTAMADRID 2018: CORTOMETRAJES NACIONALES

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Cuestión de identidades

La decimoquinta edición del festival DocumentaMadrid se ha hartado de colgar el cartel de “lleno” en la entrada de la sala Plató de la Cineteca. Los once documentales (de los cuales seis han sido Estrenos Mundiales), expuestos en las tres sesiones que han compuesto la Sección Competitiva Nacional de Cortometrajes, han ofrecido una variada propuesta que no ha defraudado. Con una participación femenina remarcable, parece que los participantes  se han tomado en serio el proceso de renovación de la identidad del festival planteado por sus directores, Andrea Guzmán y David Varela, puesto que la “búsqueda”, la “indagación” en nuevas fórmulas expresivas  y audiovisuales ha dejado como resultado un consenso común sobre la necesidad de encontrar, reivindicar y reclamar aquello en lo que se cree, se ama y se ha de construir. Y es que la “identidad”, en sus distintas facetas, ha sido el gran tema a tratar este año, y así lo han sabido reconocer los asistentes a las proyecciones.

En lugar de nada
En lugar de nada

El cortometraje ganador del Premio Cineteca Madrid del Público, *En lugar de nada, de Brenda Boyer (que también recibió el Premio TAI al Talento Emergente) ha destacado por su desgarradora propuesta tanto narrativa como estética. La directora se ha enfrentado a la negligencia de sus padres partiendo de los recuerdos dolorosos de su infancia: la prematura muerte del padre y el total desentendimiento de la madre empujan a la directora a cuestionarse quién es ella, a buscar respuestas sin plantear preguntas, a dejar que los sentimientos más sinceros salgan y se justifiquen por ellos mismos. Ante todo, este ensayo autobiográfico, seguramente el más valiente de toda la sección, se propone “matar a Freud”: se habla de música, de drogas, de sus efectos, de las minas, incluso del arte de la escritura… pero no son más que las ramas que esconden el grueso tronco del arbusto.  La madre, a pesar de la crudeza del relato, nunca es juzgada, no es intención de la directora, sino retratarla en su condición de mujer, desnudarla y dejar que ella recuerde, hable y se exprese. Y para ello, se vale de una estética visual acertada que le da fuerza e impacto al relato. La búsqueda de la madre se convierte en la búsqueda de la puesta en escena, es decir, mediante este interesante juego conceptual Brenda Boyer parte de lo puramente visual para dejar que las imágenes hablen al mismo tiempo en que ellas nacen. No hay miedo a la palabra, puesto que las reacciones o los impulsos inoportunos, espontáneos, son los que verdaderamente construyen la película. La cámara se revolotea constantemente, intenta encontrar un encuadre preciso pero no lo consigue, paradójicamente aportando a la obra ese toque personal y sentimental.

Mikele
Mikele

Por otro lado, con sus 45 minutos de duración y convirtiéndose junto a *en lugar de nada en la obra más larga de la sección, Mikele, el proyecto final de carrera  de la navarra procedente de la ESCAC Ekhiñe Etxeberria, quizá haya sido también la pieza más tradicional respecto a su construcción formal. Pero bajo su aparente clasicismo se esconden las diferentes capas que la han llevado a obtener la Mención Especial del Jurado. Pese a la ya mencionada duración, el ritmo vivaz de la obra consigue que el espectador empatice completamente con la protagonista, con Mikele, una joven de 16 años con las ideas claras y dispuesta a seguir luchando y demostrando que ni ella ni las personas como ella tienen ningún problema con la sociedad, sino al contrario, que es la propia sociedad la que todavía no se ve capaz de integrar o aceptar la transexualidad. La película de Ekhiñe Etxeberria recoge fragmentos grabados por la propia Mikele, que con total naturalidad y energía juvenil decide  poner en marcha un video-diario en donde se dedica a tratar temas y conceptos relacionados con su condición y su identidad. El relato busca a través de la joven concienciar y dar a conocer una visión alternativa a los documentales convencionales construidos  en formato de crónica en los que se cuenta paso a paso las diferentes etapas médicas o evoluciones de la persona tratada. Aquí no. El día a día de Mikele, ya sea mediante el video-diario o con las secuencias de la joven con sus amigas, desprende positivismo, ganas de luchar y de reivindicar la normalidad que la sociedad se encarga de esquivar. Y es así como el cortometraje de la navarra  acierta en cerrar la narración planteando preguntas y dudas sobre el futuro que ni ella ni la propia protagonista saben responder: ¿Y ahora qué?

Galatée à l'infini
Galatée à l’infini

Con el Gran Premio del Cine Español y Mikeldi Oro Documental obtenido en la pasada edición del festival ZINEBI, y compartiendo junto a Mikele la Mención Especial del Jurado en DocumentaMadrid, Galateé á l’infini, la obra dirigida por Julia Maura, Mariangela Pluchino, Ambra Reijnen, Maria Chatzi y Fátima Flores -cinco mujeres de diferentes nacionalidades que comparten una misma visión del feminismo- se nutre de una explosión visual y conceptual que les ha servido para atacar y actualizar el mito de Pigmalión y Galatea. Partiendo de la ginecología las directoras equiparan a la mujer con los robots eróticos y las muñecas hinchables, denunciando la sexualización del cuerpo femenino. Para ello, la voz en off se dedica a deconstruir dicho mito mientras las imágenes de archivo a modo de collage impactan directamente en la retina del espectador. Pero si Galateé á l’infini es la reivindicación de cinco jóvenes cineastas que han apostado por la colectividad y la lucha conjunta, A Mythology of pleasure, de Lara Rodríguez –también utilizando la mitología, en este caso la egipcia- se vale por sí misma para hablar de  nuevo de sexualidad, de juguetes sexuales, mostrando la construcción de un dildo y a la vez recordando el “miembro perdido de Osiris”.

En un ámbito más social y cultural, el cuestionamiento crítico que el gallego Alberte Pagán plantea del “Australian Dream” –narrado por el periodista aborigen Stan Grant resaltando su voz en off a las imágenes de archivo manipuladas en un intento de descomponerlas- en su obra experimental Flora e fauna se puede relacionar con Un verano en Madrid (Juan Andrés Coéllar, Javier Extremera y Joaquín Hermo), la aproximación documental híbrida al acontecimiento histórico de la llegada de la expedición filipina a Madrid en 1887. La obra parte del olvido, el recuerdo de la ridiculización y la espectacularización de aquellos filipinos expuestos en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro toma forma visual basándose en dos decisiones particulares que han tomado los directores: por un lado, la lectura explícita de las informaciones periodísticas de la época por parte de un grupo de ciudadanos de la propia isla (cabe aclarar que no son descendientes directos de aquellos que llegaron a Madrid), y por otra, un teatrillo intencionadamente creado con la apuesta de ridiculizar el acontecimiento y señalar el legado más oscuro de años y años de colonialismo español.

Wan Xian, la última luz del atardecer
Wan Xian, la última luz del atardecer

El teatro también ha tenido su propio espacio, por un lado, en El espectáculo, de Alejandro Pérez, donde el director ha querido mostrar su contraplano  poniendo en escena a espectadores infantiles y sus reacciones e imaginaciones; y por otro, en la ganadora del Premio del Jurado a Mejor Cortometraje, Wan Xia. La última luz del atardecer, de Silvia Rey. El cortometraje de la directora, que se ha definido como una “actualización cinemática del teatro del absurdo”, muestra los problemas de inmigración de la comunidad china (la acción sucede en un centro de mayores de Usera) en España. La película de la directora entremezcla conversaciones ficcionales y construidas entre una pareja de ancianos nostálgicos con bailes nacionales y teatralizaciones chinas, siempre teniendo presente la huella del tiempo, de la memoria y de la existencia.

Este diálogo cultural está también presente en En esas tierras, cortometraje en el que “el tiempo del hombre se ve confrontado al tiempo de la naturaleza”. Nyra Sanz, que la edición pasada también compitió con Sub Terrae, indaga en los pequeños detalles, elementos que rodean al ser humano partiendo de un campo de limones. Impulsando un ejercicio de lectura histórica, la directora recuerda que dichos limones fueron importados originariamente por los árabes (que vivieron en la península más de lo que actualmente llevan los españoles), y paradójicamente son ahora ellos quienes los recogen en las labores agrícolas sufriendo problemas de exclusión e integración. De esta manera, la obra de la directora reflexiona sobre la identidad: ¿Somos realmente lo que creemos ser? ¿Nos identificamos con nuestros símbolos sabiendo su providencia o pasado? Y del pasado precisamente también parte Horta, de Pilar Palomero. Esta pieza audiovisual melancólica, dividida en tres partes, o tiempos, recorre la historia del pueblo y de la familia de la directora, siendo un trabajo íntimo y personal que mira a esos recuerdos olvidados y que poco a poco se van apagando.

Improvisaciones de una ardilla
Improvisaciones de una ardilla

Por último, tras su paso por el Festival Internacional de Cine Documental de Navarra Punto de Vista (2018) y recientemente por el Festival de Málaga, Improvisaciones de una ardilla (Virginia García del Pino) invoca una reflexión totalmente personal y crítica sobre la sociedad a cargo del que fue Premio Nacional de Ensayo en 2016, Josep Maria Esquirol. Los comentarios improvisados ponen voz a las “imágenes en bruto de la política española” denunciando el comportamiento a lo rock star de sus actores, el papel clave que tienen los medios de comunicación y su degeneración (también del ser humano y en general del sistema y su estructuración), del “arte de no decir nada” y solamente dejarse llevar, dejar pasar el tiempo. Virginia García del Pino presenta un retrato de la identidad actual española en donde parece que el ciudadano no consigue combatir su vacío nada más que otro vacío.


  • Premio al mejor cortometraje: Wan Xia. La última luz del atardecer
  • Mención Especial del jurado ex-aequo:  Mikele y Galateé á l’infini y Mikele

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