LA TRAGEDIA DE PETERLOO

Entre la memoria y el olvido. El individuo frente al grupo

La historia empieza y termina con un soldado, Joseph (David Moorst). El personaje dirigido por Mike Leigh se muestra aturdido, desorientado, deambulando por los campos, acompañado de los ruidos de las salvas de cañón y sus explosiones, mezclados con gritos y lamentos. Su obstinación en mantener su condición de corneta en un régimen que pronto será olvidado lo hace utilizar el instrumento una y otra vez transformándole en un ser enajenado. En su regreso a la patria, Joseph se revela no solo como un herido más de la guerra, sino que naufragará en el propio relato, apareciendo y desapareciendo como si fuese un fantasma, un reflejo de la persona que fue. Como se puede comprobar cuando camina con otros heridos conformando una gloriosa banda de desamparados soldados de su majestad, caminando por una rivera y observando sus reflejos en el agua.

El prólogo está ubicado en la batalla de Waterloo (18 de Junio de 1815, Bruselas) y, sin embargo, lo que tendría que haber sido un momento glorioso, la coalición entre británicos, holandeses, alemanes y prusianos otorgando la victoria a Inglaterra frente a la Francia de Napoleón, se muestra como su antítesis.

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Mike Leigh cuenta que se quedó estupefacto al comprobar que existía mucha gente en Inglaterra que desconocía lo que sucedió en el campo de San Pedro el 16 de agosto de 1819. ¿Alguien recordaría hoy lo que fue el movimiento comunero en España? Perturba sólo pensarlo. Y es que la peor de las tragedias de la Historia es la de su olvido. Por tanto, el tema de la memoria y su pérdida se convierten en el leitmotiv de La tragedia de Peterloo. Esto ocurre en el principio, después el director toma otros caminos que le llevan a destinos peligrosamente maniqueos. El querer ser depositario de la verdad condena la película, abocándola al reino de la subjetividad de sus creadores. Retomando al personaje del soldado, la decisión de abrir el relato y cerrarlo le otorga una mayor visibilidad frente al resto de actantes pero Leigh, en un ejercicio consciente, decide apartarlo de la narración situándolo en sus márgenes hasta los planos finales de la masacre. De alguna manera Joseph se ha erigido como representación de ese olvido y es ocultado, casi borrado, sucesivamente de la historia. ¿En detrimento de qué o de quién?

El director insinúa la desaparición con un sutil movimiento. En la primera secuencia, en el Parlamento inglés, un orador despotrica sobre la masa y seguidamente, en una panorámica hacia la izquierda, el resto de políticos chillándole y otorgándole la razón. El plano empieza con un individuo y después aparece el grupo. A partir de este momento, y en salvadas ocasiones, el verdadero protagonismo recaerá sobre la gente, que engulle al individuo. Quizá hubiera sido interesante haber utilizado solamente al soldado para escenificar el Mánchester del siglo XIX, volviendo a representar las diferencias sociales o las costumbres y modos del pasado, pero eso ya fue lo que el director realizó en su anterior film, con la figura del pintor William Turner (Timothy Spall) en Mr. Turner (2014). Esta vez Mike Leigh ha decido, y eso le honra, no repetirse, proponiendo invadir sus planos de obreros y terratenientes con el fin de “chillar” sobre la reforma parlamentaria y su violenta represión.

Este alzamiento de voz perjudica, o más bien lastra, el desarrollo de la diégesis focalizándola positivamente sobre una parte del conflicto y negativamente sobre la otra. Personajes que rozan el sarcasmo escénico, sobre todo en políticos y terratenientes, y en algún que otro informador y alguacil, todos pertenecientes a un mismo lado, el de los poderosos, frente a la bondad y bonhomía del otro, es decir, de los trabajadores y campesinos que conforman la masa más desfavorecida. Lo curioso, a veces, es que el director  parece ir en su contra planteando una especie de “intrahistoria”. Ocurre con la presentación de la madre de Joseph, Nellie (Maxine Peake).  Primero vemos sus manos amoldando, contundentemente la masa del pan, y después trémulas al darle un vaso de agua a su hijo retornado del campo de batalla. La fuerza y debilidad forjan al personaje, también se podría resaltar esos segundos de euforia donde los oradores intercambian miradas cómplices en sus discursos, ajenas a un público que se va a dejar manipular por lo que quieren oír de sus políticos. Estos acercamientos detallistas se desvanecerán en detrimento de la “Historia”, aliada del espectáculo. Sobre todo en los momentos finales de la carga de la caballería, instantes que pueden recordar a la abyección de Jacques Rivette de un cierto travelling.

No existen motivos para celebrar el éxito en el campo de batalla. Cuando se enfrentan dos lados, ambos pierden. El hecho de la confrontación escenifica el fracaso absoluto. ¿Hasta qué punto es justificable, y por tanto, soportable ser testigos de una tragedia? ¿Hasta qué punto es gratuita la invitación a situarnos en un lado de un conflicto? ¿Y en el otro? Y más importante todavía, ¿quién dice que ambos lados no son los incorrectos de la Historia?

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