CINEMAJOVE 2019: CORTOS NACIONALES

34ª Edición del Festival Internacional CinemaJove

Acaba de concluir la 33ª edición del Cinema Jove de València y el gran ganador ha sido el largometraje holandés Light as Feathers, ópera prima de Rosanne Pel, que ha sido galardonado con la Luna de València al Mejor Largometraje y el premio a mejor guion. La película de la coreana Bora Kim, House of Hummingbird, se alzó con cuatro premios: el premio a mejor dirección, premio del público, del jurado joven y el premio a la mejor música para Matija Strinsa.

El film francés de animación L’heure de l’ours es este año el ganador del Premio Luna de València al Mejor Cortometraje. Dirigido por Agnès Patron, ha competido este año en Cannes. Dentro de esa misma sección, Revista Mutaciones ha tenido acceso a una selección de cortos nacionales que optaban al Premio Feroz. Finalmente el ganador ha sido Suc de síndria de Irene Moray. A continuación reseñamos los cortos seleccionados por orden alfabético, incluido el triunfador:


Benidorm 2017, de Claudia Costafreda

Benidorm2017A partir de un suceso real que da lugar a una aparente cinta englobada dentro del género de catástrofes, tan anticlimático como fuera de campo, Claudia Costrafeda ofrece una incisiva radiografía de dos juguetes rotos, madre e hijo, donde el juego entre el primer plano y el plano general da muestra formal del propósito de la propuesta. Un ejercicio de aparente sencillez formal, que oculta en su interior una desoladora pero emotiva relación maternofilial, donde el entorno de un Benidorm fantasmagórico, tan extraño como esa perfecta mezcla entre costumbrismo chabacano que a golpe de corte de montaje, oscila la cinta entre lo vulgar y superficial, con lo profundo y universal. Todo ello sustentado en dos intérpretes en estado de gracia -en especial Yolanda Ramos, que sostiene el peso emocional del relato con su representación de una mujer tan patética como entrañable- y un guion y una puesta en escena que hace de la omisión su mayor y mejor baza.

Felipe Rodríguez Torres

Cocodrilo, de Jorge Yúdice

Hay cosas que son de justicia. Es de justicia reconocer que Cocodrilo es un impecable ejercicio de narrativa tradicional, que en menos de cinco minutos es capaz de retratar las dinámicas íntimas que se desarrollaron entre una madre y su hijo durante los dos años posteriores a que él, asumimos, confesase su homosexualidad y se mudase a otra ciudad tras recibir una respuesta fría, como mínimo, por parte de sus padres. Con un ingenioso pero nada espectacularizado uso de las nuevas tecnologías y los espacios de encuentro online, el cortometraje de Jorge Yúdice sintetiza en muy poco tiempo lo que en manos de muchos sería un melodrama de hora y media abundante en relleno.

Pero, una vez reconocemos la maestría narrativa que despliega la obra, tampoco podemos dejar de cuestionar hasta qué punto Cocodrilo es un cortometraje o, sencillamente, un anuncio sin marca. Con su madre guapa y entrañable, su hijo guapo y entrañable, una imagen cuidadosamente pulcra y una música que toca cada una de las notas necesarias para llevarnos al borde del llanto, Cocodrilo busca demasiado la redondez como para resultar algo vivo. Porque este cortometraje consigue muchas cosas en menos de cinco minutos, y una de ellas es recordarnos que lo perfecto y lo humano son conceptos opuestos.

Pablo López

Cuzco, de Víctor Sánchez

Un viaje a Cuzco como último intento a la desesperada para salvar una relación. Un reencuentro pasional y salvaje en un momento inesperado. ¿Qué ha ocurrido para que la llama se vuelva a encender? Víctor Sánchez adapta el segundo acto de su obra tetral homónima con el objetivo de plasmar la comunicación (y la omisión) entre una pareja. Un juego de deseos, medias verdades y confesiones, recuerdos entre lo real y lo inventado, entre el blanco y negro y el color. Todo ello sustentado por dos grandes monólogos (sobre todo el interpretado por una sobresaliente Silvia Valero), de verso cuidadosamente elegido y cadencia poética, sobre los que vamos asomándonos a la realidad de la pareja. El salto de las tablas a la pantalla se solventa con una puesta en escena de planos cortos y encuadres imaginativos, recorriendo la habitación donde transcurre el grueso de la acción por todos sus ángulos.

Fran Chico

Después también, de Carla Simón

Aunque nos encontremos con una obra menor dentro de la corta pero excelsa filmografía de Carla Simón -este cortometraje es un encargo del Cesida, la coordinadora estatal de VIH y Sida- este nuevo trabajo de la directora de Verano 1993 no está exenta de puntos de interés. Cierto es que reincide en las constantes formales y estéticas de su obra precedente y que el exceso de didactismo en su acto final -algo lógico al tratarse de un cortometraje con fines educativos- le hace perder al trabajo ese elemento tan particular de la realizadora catalana que le permite sugerir más que mostrar. Pero más allá de esas imposiciones motivadas por el germen del proyecto, Carla Simón es capaz en escasos veinticinco minutos, de transmitir el miedo, el vértigo y finalmente la aceptación, no solo de una enfermedad que el tabú y la desinformación han estigmatizado socialmente, sino también, entregar un bello y sensible relato acerca del conflicto inherente en todo despertar sexual y las complejas decisiones del deseo.

Felipe Rodríguez Torres

La casa de Julio Iglesias, de Natalia Marín

Película sintética. Natalia Marín presenta al espectador una pieza ensayística que sigue una estructura especular. Sobre un fondo blanco, la primera parte proyecta imágenes de creación digital que simulan volúmenes en distintos estados, mientras una voz en off describe lo que está viendo: la mansión de Julio Iglesias en Miami, el Monasterio de El Escorial, una casa de estilo español en Shanghai y una de las 25 millones de viviendas familiares promedio en el estado español. La segunda parte ofrece en texto el relato de un proyecto urbanístico que el gobierno de Shanghai presentó en 2001, Una ciudad, nueve pueblos.

Película escrita. La relaciones que se establecen durante la lectura de la evolución de un proyecto que pretende construir un pueblo a semejanza de la idea de España en los suburbios de la ciudad china con lo narrado en la primera parte, permiten generar libres reflexiones sobre la identidad, los tópicos y la marca exportada del país. Ambos segmentos se contemplan en un ejercicio de depuración inteligente que pone el foco sobre el absurdo y lo esperpéntico.

Película imaginada. El ensayo audiovisual parte de la interpretación personal que Marín hace de una cita: No entenderemos el mundo a través de líneas escritas, sino de superficies imaginarias, que toma de El universo de las imágenes técnicas de Vilém Flusser. La cineasta plantea un estimulante juego que propone la visualización de la experiencia creadora y su deconstrucción a partir del descarte y su alteración a partir de la mutación. Película sintética, escrita, imaginada, reflexión, juego, chiste; todo eso es La casa de Julio Iglesias y mucho más.

Ricardo Galvis

La mugre, de Berta Galvany y Pau Bösch

Ada, Rita y Marc se lo están pasando en grande en una fiesta. Encerrados en una habitación, dan rienda a sus instintos sexuales mientras planean una escapada juntos. Pero algo ocurre, y la fiesta se vuelve una pesadilla… Al menos durante unos instantes. Un plano secuencia de 19 minutos nos muestra el lado más «pasota», egoísta y desconectado de la juventud post-millennial, una generación (según este cortometraje) aislada en un mar digital, alienada por Spotify, Instagram, el alcohol y el pasárselo bien por encima de todo. Un mensaje bastante carca, todo sea dicho, y más viniendo de un equipo técnico cuya edad no difiere mucho de la generación que retrata. Más allá del reto artístico que supone el extenso plano secuencia, lo único por lo que destaca es por una selección musical interesante. Bastante más que lo que nos cuenta el libreto.

Fran Chico

Lo siento, mi amor, de Eduardo Casanova

Eduardo Casanova demuestra de nuevo, tras su inclasificable Pieles (2017), que sigue siendo no solo uno de los nuevos cineastas del cine español a tener más en cuenta, sino también uno de los más atrevidos, tanto formal como conceptualmente. Y si en la mencionada Pieles ahondaba en la imperfección de lo diferente, como canon de belleza, bajo la apariencia de un mash up que aunaba lo mejor de los universos gráficos de Daniel Clowes y Charles Burns, aquí la apuesta se eleva y se condensa en perfecto equilibrio. Porque Lo siento, mi amor es cine político, sci-fi, arcano, mágico y profano en perfecta comunión. Una reinterpretación de la historia con JFK en el punto de mira, donde vuelve de nuevo a mirar por el espejo retrovisor al mundo del cómic, en esta ocasión al guionista Grant Morrison. Y al igual que este, entrega un perfecto artefacto posmoderno, donde lo universal se fusiona con lo local, donde las teorías de la conspiración -con illuminatis y reptilianos de fondo- se dan la mano sin tambalearse, con el espíritu del manierismo sirkiano de los 50, más el musical de Stanley Donen, poseído de alma castiza.

Felipe Rodríguez Torres

Los que desean, de Elena López Riera

Los que desean retrata el ejercicio de la colombicultura en la Valencia natal de la directora, una actividad deportiva reglada que consiste en la cría de palomos que luego habrán de perseguir y aparearse con una hembra durante la competición. Poco más se explica sobre esta práctica, y tampoco parece necesario conocer más. Lo importante está en esos hombres que se juntan en el campo y observan a los palomos perseguir a la hembra. No entendemos apenas nada de lo que dicen, así que solo nos quedan sus miradas y sus rostros. De repente, el cielo se llena de aves con las alas pintadas: rojos, amarillos, verdes, naranjas, todos de acá para allá en una suerte de remolino multicolor.

Una voz en off, la de la propia directora, lee con voz aséptica algunas reglas de este deporte. No las ha escogido al azar ni por su capacidad para enriquecer nuestro conocimiento de la colombicultura, sino que parecen indicar la voluntad de construir un discurso de género. Sin embargo, resulta impreciso y no cristaliza. El ritual en sí es indiscutiblemente hermoso, pero la forma en que Elena López Riera lo observa hace que uno se sienta como un turista, casi como un intruso. Su distancia está tan marcada y nos ofrece tan pocas herramientas para acercarnos a los que participan en dicho ritual que el resultado final es similar al de ir al zoo: a través del cristal, los monos siempre parecen tristes, y uno se siente mal por haberlos observado.

Pablo López

Miss Mbulu, de Ben Fernández

A simple vista, Miss Mbulu destaca por la originalidad de su animación, que se acerca más al arte plástico que al audiovisual y que, mediante la combinación de recortes fotográficos y stop motion recuerda a un collage.

Su director y guionista, Ben Fernández, apuesta por un ambiente noventero, con lo mejor de las historias de misterio y un toque fantástico. Como resultado, obtiene un cortometraje que se balancea entre Cazafantasmas, Scooby Doo y Kung Fury. Además, también utiliza otras técnicas poco convencionales. Por ejemplo, recurre a la codificación del habla de los personajes y, pese a no entender nada de lo que dicen, el efecto que genera es cómico a la par que absurdo (en el mejor de los sentidos). Y es en el mejor de los sentidos ya que lo absurdo no tiene cabida en este cortometraje, que termina siendo una apuesta simpática y segura para los amantes de la comedia, la animación y el misterio.

Patricia Marín

Mudanza contemporánea, de Teo Guillem

Pocos títulos son tan acertados como el de Mudanza contemporánea. En el cortometraje de Teo Guillem el protagonista intenta enfrentarse a sus fantasmas del pasado, concretamente a aquella novia con la que ya no está. Sin embargo, en vez de contarlo de forma convencional lo hace a través de los muebles, sábanas, tuberías y plásticos de su casa, cualquier cosa que se desecharía a la hora de abandonar un inmueble. Al final, la mudanza solo es una excusa de todo lo que se deja atrás, de todas las cosas de las que uno puede prescindir y las que se pueden conservar después de sobrevivir a una ruptura entre la depresión y las sábanas.

Mudanza contemporánea termina siendo una mezcla de drama y la comedia, una historia interesante con una puesta en escena original que pierde fuelle al recrearse en una idea que se agota pronto. Pese a ello, destaca por su espíritu esclarecedor y atrevido. Sin duda, una mirada diferente ante la soledad y las despedidas porque ¿qué ocurre cuando solo queda lo absurdo?

Patricia Marín

Muero por volver, de Javier Marco

Manuela, una mujer de 78 años decide hacerse con una cámara y un kit de realidad aumentada con un propósito desconocido. Con esta premisa para su último cortometraje, Javier Marco se sirve de la postmodernidad, los avances tecnológicos y la pérdida, para articular una historia sobre la despedida y el duelo que (lejos del pesimismo que la caracteriza) podría servir de materia para un relato de la serie Black Mirror. Desarrollar la historia entre cuatro paredes de forma sobria, minimalista y a través de una cámara permanentemente estática es un recurso que juega precisamente con el trasfondo de la cinta, la Realidad Aumentada. El hecho de presenciar la vida de los personajes a través de dicha cámara, permite al espectador posicionarse como una pieza más de la historia, ejerciendo un rol de testigo, que al igual que el resto de personajes busca entender el fin de las acciones de su protagonista. Serán la ruptura de la temporalidad y el punto de vista del personaje del marido de Manuela, Mariano; las piezas que finalmente nos harán entender el puzzle.

Juan Gras

Snorkel, de Borja Soler

Borja Soler, conocido por codirigir junto a Sorogoyen la multipremiada Stockholm, repite este año en Cinema Jove con una nueva historia de rupturas de marcada voluntad estilística. Sería el año pasado cuando, en los cortometrajes nacionales candidatos al Premio Feroz ganara esta misma sección del certamen con su particular Ahora seremos felices, proponiendo una reinvención de las estructuras narrativas a través de un desorden cronológico que aportara una nueva luz a las posibilidades de redención del desencuentro amoroso.

Esta vez, la ficción propuesta se rige por otros códigos. Existe una linealidad cronológica en la que desaparece el deseo de invocar al desorden, siendo el drama contenido en una llamada de teléfono el catalizador de toda una trama de desestructuración familiar. Pero es precisamente esta unidireccionalidad del relato la que dibuja un patrón que sigue un curso lógico muchas veces conocido y, más aún, cuando no se ofrece otra lectura más allá de lo estrictamente verbalizado y mostrado en pantalla: un ex matrimonio que discute por teléfono y el impacto, previsible, que este desencuentro provocará en sus hijas. En un intento de querer ser una radiografía del dolor y sus consecuencias, se queda en una estética atractiva rellena de nada en la que, sobre todo hacia el final, prima eminentemente lo estético por encima de lo narrativo, pero sin formular en ningún caso una personal apuesta formal deliberada que no vaya más allá de emular o, reproducir literalmente algún que otro plano de la película Somewhere, de Sofia Coppola.

Definitivamente, la publicidad o la realización de videoclips le siguen sentando mejor a Borja Soler.

Blanca Vázquez

Suc de síndria, de Irene Moray

El primer corto de Irene Moray, Bad Lesbian (2018), escrito, producido, dirigido y protagonizado por ella misma, comenzaba con un primer plano sostenido en el que veíamos el rostro de la protagonista mientras se masturba hasta llegar al orgasmo. Es importante aclarar esto porque Suc de síndria (2019) se compone a partes iguales de escenas de sexo, paseos por la costa y juegos y conversaciones íntimas: que Irene Moray ancle el encuadre en la cara y rehúya lo explícito no es tanto por pudor como por la voluntad de mostrar la intimidad del momento, lo que puede resultar aun más violento (y mucho más interesante). Suc de síndria, su nuevo cortometraje, que tras su paso por Berlín y de triunfar en diversos festivales (mejor actriz en Málaga; Premio del público en el D’A; Premio Feroz al Mejor Cortometraje, Mención Especial del Jurado, Premio del Jurado Joven al Mejor Cortometraje este CinemaJove…) va camino de situar a Irene Moray como uno de los nombres más interesantes del formato en corto, comienza con una escena similar pero esta vez es en pareja y queda abortada por el personaje interpretado bellamente por Elena Martín cuando dice: «para».

No conoceremos los motivos hasta llegados a la mitad, cuando en una brillante charla de sobremesa acerca de los piropos y algunos debates feministas lo real se abre paso con la violencia de una confesión y total naturalidad: «a mí me han violado». La clave para entender las imágenes puede haberse pospuesto tan estratégicamente porque supone solamente el contexto desde el que interpretarlas, y es mejor que el espectador se haya formulado antes las preguntas. Lo que importa a Irene Moray es la exploración de esa intimidad entre dos personas ─anclada físicamente en sus rostros─, a los que esta vez se suma una hermosa peripecia sobre la recuperación de la confianza y el goce gracias a un espacio estival idílico y a una amorosa relación, y que es filmada respetuosamente y sin voyerismo por Moray a sabiendas de que está penetrando en una intimidad que desafía los límites de la representación.

Suc de síndria (Irene Moray, 2019)

Alberto Hernando

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