CASI 40

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Hablando de los 40…

Dos personajes, chico y chica, se reencuentran para emprender un viaje en coche. David Trueba vuelve a recurrir en Casi 40 (2017) a la road movie como contexto de reflexión en el que hacer balance y desnudar pensamientos, esta vez de una pareja (Lucía y Tristán) que ronda los cuarenta. El cineasta repite con los actores de su ópera prima La buena vida (1996), Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, cuyo fraseo y musicalidad en la interpretación evoca a aquella primera película del madrileño. Pero, aunque ambas tienen en común ciertos rasgos del estilo de su director, muy alejado está aquel estreno cinematográfico de su última apuesta. Ahora Trueba prescinde de aquel hilo musical con el que acompañaba y subrayaba momentos a finales de los 90, desbroza el resultado de movimientos de cámara y se centra en darle el primer plano a la voz frustrada de una generación que, como diría Joan Manuel Serrat, hace veinte años que tuvo veinte años.

Casi 40

En su novela Tierra de campos, David Trueba ya presentaba a un músico de cuarenta y tantos que transitaba por carreteras que le llevaban, con la excusa de enterrar a su padre, a indagar en sus propias cicatrices. Misma operación en Casi 40. La excusa aquí es realizar una gira musical de bolos en pequeñas librerías de provincias (detalle que enlaza con la biografía de los hermanos Trueba, que tienen una librería desde hace diez años en el centro de Madrid). La protagonista es una cantante que dejó de luchar hace años por seguir en los escenarios, su acompañante es su primer amor: un comercial de cosméticos ecológicos que se pasa el viaje con brazo y dedo corazón escayolados haciéndole la peineta a esa vida llena de dudas, que no se han ido con la madurez, y que le alejaron de Lucía en su momento.

Como un pasajero más del viaje, la cámara se sitúa dentro del coche en movimiento. La misma se asoma entre conductor y copiloto, alternando el plano/contraplano de uno y otro mientras hablan. Los paseos por la calle en plano general, también presentes en Trueba desde su primera película, aparecen en Casi 40 ilustrando las salidas y entradas de la pareja en las humildes plazas de su mini tour. Tanto el vehículo que comparten como las calles que transitan son testigos de sus debates sobre aparentes trivialidades y momentos del pasado. En ellos se leen entre líneas los sueños, deseos  e ideales que los protagonistas han ido dejando por el camino. Gracias a la reiteración de frases hechas, temáticas cliché y típicas opiniones populares el director pone un espejo delante del espectador. Trueba plasma así lo ridículo de la  filosofía de salón de personajes, extrapolables a cualquiera, en esa edad a la que se suele llegar actualmente con todo cogido con alfileres.

Trueba incluye en Casi 40 su propia crítica de los críticos y de la castradora maquina cultural actual que crea, juzga, destruye y olvida a la misma velocidad. Uno de los protagonistas lee un periódico en voz alta. Las duras palabras dirigidas a un concierto del grupo Los Planetas provocan risa al mismo tiempo que señalan el escarnio destructivo que la crítica puede hacer. A esto se suma la caricatura de una periodista improvisada y absurda haciendo todas esas preguntas poco relevantes que un artista puede tener que soportar. Para completar este punto de vista ante las opiniones externas Trueba utiliza su personaje femenino. Lucía afirma que un día se retiró de la música porque estaba harta de rebatir lo que decían de ella, igual que estaba harta de que la pidieran siempre la misma canción: ese gran éxito que todo el mundo la reclama desde entonces. ¿Sabes hasta dónde tiene que estar Serrat de cantar Mediterráneo? hasta los mismísimos cojones’, sentencia el personaje de Lucía.

Casi 40

Poco más se sabe del pasado de la pareja de Casi 40. Las letras de las canciones que Lucía interpreta (dos de ellas al completo y en plano único) son esa ventana al pasado que sirve para reconstruir la historia personal y la carrera musical de la protagonista. Su hoy es muy distinto. El plano subjetivo desde la mirada de Tristán, el comercial de cosméticos, muestra a esta mujer desde lejos hablando por teléfono con su marido sobre cuestiones domésticas relacionadas con los hijos. La madurez y su harto aburrida cotidianeidad. Pero, tanto los primeros planos recreándose en la belleza natural de Lucía como la letra de la última canción diciendo “peor sería ser quien antes era” aclaran que lo de Trueba no es un canto melancólico por la juventud perdida. La película más bien es un retrato de la aceptación, resignación e incertidumbre de alguien que evalúa su presente y mira a su pasado al llegar a los 40. Porque aunque el personaje masculino eche de menos constantemente las costumbres del ayer, e incluso se intercale en el metraje alguna imagen de la adolescencia de los actores, no predomina nunca la nostalgia en el film.

La carretera de Trueba pone esta vez más énfasis que nunca en los espacios de intimidad compartida y en el ritmo pausado. El film desenfoca ligeramente todo excepto aquello en lo que quiere centrar la atención: él o ella en sus conversaciones cercanas en contenido y plano. Casi 40 opta por intentar acercarse al naturalismo del cine de Jean Renoir o a la sencillez que transmiten las películas de Hong Sang-soo. Sin embargo, el film no consigue acompasar del todo los literarios y estilizados diálogos de Trueba con la depuración estética máxima. A veces, un subyacente eco de lectura de guion cortocircuita el resultado final y la naturalidad pierde fuerza. Entonces es como si, de modo figurado, se viera en pantalla algo parecido a aquella imagen de La buena vida de una máquina de escribir tecleando palabras en plano detalle una tras otra. Palabras que vienen a exponer, con inteligente humor irónico, lo que supone hoy afrontar la impopular crisis de los cuarenta.Casi 40


Casi 40 (España, 2017)

Dirección: David Trueba / Guión: David Trueba / Producción: Buenavida Producciones, Perdidos G.C. / Montaje: Marta Velasco / Fotografía: Julio César Tortuero / Reparto: Lucía Jiménez, Fernando Ramallo

 

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