ENTREVISTA A CAROLINA ASTUDILLO (‘AINHOA: YO NO SOY ESA’)

“La vida de Ainhoa era una especie de puzzle que traté de recomponer, pero siempre faltan piezas”

carolina astudillo ainhoa yo no soy esa entrevista

Ainhoa Mata Juanicotena nació en el seno de una familia que filmó, grabó y fotografió su vida durante muchos años, reza la sinopsis de Ainhoa: yo noy esa, Biznaga de Plata al mejor documental en el Festival de Málaga, a concurso en la Sección Oficial del VIII Festival Márgenes. Un excepcional trabajo de archivo mediante el que Carolina Astudillo establece una suerte de correspondencia sirviéndose de los diarios que Ainhoa escribió hasta su muerte, haciendo dialogar sus confesiones más íntimas en contraposición a la felicidad que emana de las imágenes familiares.

Para llevarlo a cabo despliega una mirada extremadamente personal, al reconocerse en sus vivencias, tratando de recomponer el puzzle que fue su vida al mismo tiempo que resignifica la cuestión de la identidad femenina y arroja una lectura crítica de sociedad española de la época. Un planteamiento que podría haber permitido múltiples películas posibles, algo sobre lo que considera que “siempre ocurre eso cuando se trabaja con material de archivo, las posibilidades son infinitas. Y no solo por el material tan abundante, sino porque dependiendo de la persona habría distintas películas”.

De este modo, la cineasta nacida en Chile apunta una de las claves de su aproximación a los diarios que Ainhoa escribió a partir de su adolescencia, entre finales de los ochenta y principios de los noventa. En el fondo se trata de una película sobre Ainhoa contada a través de la experiencia de la propia Carolina. A la distancia, tan cerca. ¿Pero por qué abordar una vida que no es la tuya en primera persona? ¿Qué le llevó a interesarse por este material? “En un principio quería contar su historia porque me parecía muy interesante la diferencia entre la Ainhoa de los diarios y la Ainhoa que todos conocían. Esa diferencia, esa especie de dicotomía fue lo que más me interesó, y que también comprobé cuando entrevisté a bastante gente que la había conocido, no solamente los que aparecen en la película, que me hablaban de una Ainhoa antagónica a la de los diarios”.

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Por tanto, no nos encontramos ante una biografía de Ainhoa que seguir pasivamente, durante el visionado somos espectadores activos con la tarea de dar forma o algún tipo de sentido a determinados fragmentos de su existencia, que recorremos a través del cuerpo, la voz y la propia vida de Carolina Astudillo, para lo que se apoya en textos de otras mujeres escritoras que la influenciaron: “Me interesaba contar la historia de Ainhoa, pero cuando comencé a leer los diarios me di cuenta de que había temas que se relacionaban con la experiencia femenina y que se repetían en los diarios de otras mujeres, incluso en los diarios que yo he escrito. Traté de hablar de esas temáticas, por eso uso los textos de poetas y escritoras. Pero en un momento determinado, cuando paso por la experiencia del embarazo, de la que hablo en la película, encontré una carta de Ainhoa que de alguna manera me ayudó a reflexionar, por eso me incluí en la película. Si yo estaba reivindicando la escritura de otras mujeres, porque su historia podía servir para encontrar cierta identificación y referencias, encontraba honesto incluirme. Está mi voz, las voces de los amigos y también están las voces de las escritoras. Por eso es una película de múltiples voces”.

Al igual que despliega múltiples voces (la propia Carolina en la voz en off, la escritora Isabel Cárdenas leyendo los diarios de Ainhoa e incluso grabaciones sonoras de la época), la película plantea a nivel formal un juego constante entre las imágenes y el sonido, entre lo que vemos y lo que escuchamos. Imagen y sonido cuentan en ocasiones con una función disonante y polisémica, creando variaciones sobre las que quiso profundizar: “Yo trabajo con archivo y para mí es importante no ilustrar con las imágenes, trato de alguna manera hacer contrapuntos o crear metáforas. Me gusta mucho este juego que se produce entre palabra e imagen. Yo construí un texto escrito y comencé a buscar imágenes que no fueran ilustrativas, pero que permitieran hacer ciertas metáforas. Y después de eso, en el montaje con Ana Pfaff fuimos puliendo esas imágenes. Respecto al sonido, también lo trabajamos de esa manera. Hay sonidos que en ocasiones remiten a las imágenes que estamos viendo, pero en otras rompen con la imagen. De hecho, la música de la película provoca eso. Trabajé con los mismos músicos que en el ‘El gran vuelo’, tratando de alejarnos de la atmósfera de las películas familiares, de felicidad, nostalgia… Hay un quiebro también a través del sonido”.

Una decisión que ilustra a la perfección está búsqueda formal es aquella en la que Ainhoa relata su tentativa de convertirse en pintora, que la película ilustra con una vertiginosa secuencia de imágenes de flores en el campo. ¿Cómo surgió este montaje tan rítmico y expresivo, prácticamente una pieza experimental dentro de la película?: “Ese es un regalo muy bonito que me hizo Ana Pfaff. Esa pieza la filmó ella, esas flores fueron filmadas por ella. Creíamos que quedaba muy bien por la textura de las flores y los colores, ya que Ainhoa hablaba de su interés por la pintura y por el ritmo de las imágenes tiene algo de experimental”. Esta dialéctica también prosigue en los cortes de montaje y sus posibles significados. Por ejemplo, al hablar del aborto aparece una imagen de una granada partida en dos, abierta: “Queríamos buscar una imagen que de alguna manera pudiese representar ese tema, el aborto o la idea de una matriz, porque la granada es una fruta y las pepitas parecen óvulos. Filmé toda mi experiencia del aborto, pero finalmente decidí no utilizar esas imágenes porque para mí no representaban lo que yo había vivido en ese momento. Y después, como no podíamos mantener todas esas imágenes que son como abstractas, decidimos utilizar la fruta, la granada como metáfora”.

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Podríamos afirmar que el guion se estructura alrededor de una serie de citas literarias, extraídas de los diarios de artistas y pensadoras como Frida Khalo o Susan Sontag, que Carolina filma en 16mm, al igual que a sí misma. Una decisión desde la que mirar la soledad de Ainhoa con otros ojos. ¿Cómo llegaron a la película? “Hubo escritoras a las que yo había leído antes, por ejemplo Alejandra Pizarnik. Tengo una antología de toda su obra de diarios y poemas. Así que cuando leí los diarios de Ainhoa hice la conexión. Pero a raíz también de leer el diario de Ainhoa comencé a leer los diarios de Sylvia Plath, Anne Sexton, etc. Me nutrí de escritoras que ya conocía y a su vez, tras leer el diario de Ainhoa, me despertó el interés por leer otros diarios. Por ejemplo, el diario de Frida Kahlo también lo conocía y es muy bonito, porque aparte de textos tiene pinturas. El libro de Isabel Cárdenas lo estaba leyendo en paralelo a la escritura del guion, es un libro que también habla de la ausencia, del poder de las imágenes”.

Respecto a la idea de ausencia, en retrospectiva el espectador puede sospechar de un momento clave que ayuda a entender el desequilibrio que se produce en la vida de Ainhoa. Cuando su padre enferma deja de estudiar, se junta con otras amistades y el ambiente en su casa cambia por completo. Sin juzgarla a ella ni a su familia, la película muestra cómo una identidad se rompe y desconfigura, en contraste con las imágenes de su infancia, sin que nadie pueda evitarlo. “Eso fue algo que me llamó mucho la atención, cómo la enfermedad del padre, lenta y dolorosa, puede destrozar una familia. Como respuesta, Ainhoa decide evadirse, comienza a salir de casa, se va de fiesta y se aleja de su padre. En cambio, a su hermano Patxi le afecta de otro modo, entra en depresión y no sale de casa. La madre, por otro lado, empezó a trabajar, algo que no había hecho antes. Así que la enfermedad cambia la vida de toda la familia. Hago la comparación con Sylvia Plath. Cuando su padre muere escribe que deja de creer en Dios. Pero al igual que no se puede interpretar toda la obra de Sylvia Plath en torno a ese incidente, yo tampoco quería interpretar la vida de Ainhoa en torno a la enfermedad de su padre, aunque eso la marcó”.

En comparación con el anterior largometraje de Carolina Astudillo (El gran vuelo, 2014), que reconstruía la vida de Clara Pueyo, militante del Partido Comunista que escapó de prisión durante la dictadura franquista y desapareció sin dejar rastro, nos encontramos ante el relato de una mujer, pero también el de cualquier mujer de la época. Para contar su historia necesitaba las imágenes de muchas otras, a excepción de la suya propia, lo que nos invitaba a pensar en un símbolo. En cambio, con Ainhoa, yo no soy sea, al centrarse en las imágenes y los diarios de una persona concreta se produce el efecto contrario, invita a cada mujer a tomar conciencia de sí misma. Algo que llevó a la cineasta chilena a enfrentarse a este material desde las entrañas. ¿Cómo afrontaste este proceso? “Fue un trabajo muy intuitivo. Generalmente busco imágenes que me digan algo en relación con el texto. Por ejemplo, por citarte alguna escena, cuando rescato el texto en el que Ainhoa habla del pozo en el que oculta la felicidad, estaba la escena de un accidente automovilístico que había filmado el padre. La imagen del coche saliendo del agua funcionaba bien como metáfora. La escena de la madre de joven, muy feliz y vital con sus hijos, la pusimos con unos textos de Ainhoa en los que tenía la misma edad de su madre, pero no podía encontrar el amor e iba de novio en novio. Esa falta de estabilidad emocional le afectaba, siempre tenía esa búsqueda constante, necesitaba alguien que le quisiera, mientras que su madre lo tenía. También se trataba de establecer una diferencia generacional entre el texto de los años noventa y las imágenes de los sesenta”.

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A uno, de cualquier modo, tampoco le abandona la sensación de estar invadiendo una intimidad ajena. Hay un límite muy frágil y difuso al respecto que la película nunca termina de romper. ¿Cómo abordaste el proyecto desde un punto de vista ético? “En un momento me cuestioné bastante el hecho de utilizar el diario, estaba utilizando el diario íntimo de otra mujer. Me lo dio su hermano, está muerta, pero hay un cierto pudor. Después pensé que uno siempre escribe pensando que su diario puede ser leído, y aunque la película está hecha con mucho cariño y respeto, sí que en un momento me planteé si me había adentrado demasiado. Era importante que la experiencia de Ainhoa pudiese servir a otras mujeres para reconducir su vida o tomar otras decisiones, por eso recurro a esta genealogía de escritoras, porque para mí es importante. Leí el diario de Susan Sontag me sirvió un montón, era una terapia mejor que ir al psicólogo. Otra gente me lo ha dicho, leer libros cuando han estado mal les ha servido. Y esa era mi intención”.

Pero pese a todo, Ainhoa sigue siendo un misterio, nunca llegamos a conocerla del todo ¿Qué es lo que más echa en falta Carolina Astudillo después de tanto este tiempo investigando y documentándose sobre su vida? “Me hubiese gustado conocerla, porque a lo mejor podría haber profundizado y hubiese conocido ese lado que la mayoría de la gente no conoció. Pero sí que quedan muchos enigmas por resolver. Siempre digo que su vida es una especie de puzzle que yo traté de recomponer, pero siempre faltan piezas, algunas no encajan y otras no están. Incluso respecto a la propia muerte de Ainhoa hay muchos interrogantes, no se sabe si fue una decisión premeditada, independientemente de que sufriera cierta adicción y ya hubiera escrito sobre el suicidio, pero esa situación venía de antes. No se sabe lo que sucedió esa noche, en la que aparentemente estaba bien. A lo mejor fue una situación insostenible, a lo mejor un arrebato”.

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