ATLÁNTIDA FILM FEST: ¿LA REALIDAD EUROPEA?

Aquellas grandes preguntas que no deben ser respondidas

Cuando me enfrento a la cobertura de esta novena edición L’Atlàntida Film Fest hay algo que no me deja tranquila. El certamen, quizás el mejor y más asequible encuentro con películas que nunca verían la luz en salas españolas, está orientado a reunir cine europeo que trate el tema de Europa. Es en este punto, con el resonar de la palabra “Europa”, que mi ceja se levanta. ¿A qué nos referimos con “Europa” cuando hablamos de cine? O, definitivamente más relevante, ¿qué implica hacer una película sobre la realidad europea, en términos de licencias creativas? Para resolver estas preguntas, me encaramo al catálogo de Filmin y selecciono algunos de los títulos, ya sean de ficción o no, que tengan en su base alguna realidad contemporánea o histórica de la que partir. Veamos, ¿hasta qué punto podemos fabular cuando hablamos de “Europa” y, por tanto, de nosotros mismos?

L'Epoque (Matthieu Bareyre, 2018)
L’epoque (Matthieu Bareyre, 2018)

Álvaro Luna ya ha puesto encima de la mesa uno de los grandes temas que han vertebrado esta edición –oh, la juventud–, así que este puede ser un buen punto de partida. En L’époque, Matthieu Bareyre decide dejar que los jóvenes ocupen la cámara hasta inundar el plano con su carisma y sus grandes ideas, con voluntad expresa de hacer un retrato generacional tan directo y malhablado como los vines a los que remeten en numerosas ocasiones los pequeños retazos de vidas que aparecen a lo largo de toda la película, cortados siempre por la noche. Parecería que solo podemos contar lo que hoy sucede en las calles movidos por una cierta urgencia, por la inmediatez de quien se sabe cineasta y reportero a la vez, pero lo cierto es que en esta edición han abundado cintas que, a pesar de tratar temas del más riguroso ahora, han recurrido a otras perspectivas para encuadrarlos. Algunos, claro, han tenido mejor mano que otros. Bas Devos dirigía Hellhole, maravillosa indagación en el claustrofóbico ambiente de terror que reina en las capitales europeas después de un atentado, cuya única presencia en la película venía marcada por los sinuosos movimientos de cámara; un evidente gesto autoral que además añadía un entramado de irrealidad a un miedo del todo real. Otros menos inspirados, como Desaparecidos de Miroslav Terzic, optaban por la vía genérica (del thriller, en este caso) para tratar el tema de los bebés robados, jugando a la vez con el interés de un espectador quizás demasiado cercano al dispositivo narrativo al que se recurría como para empatizar con el devenir de la historia contada.

Hellhole (Bas Devos, 2019)
Hellhole (Bas Devos, 2019)

Más interesante que el hoy es, si cabe, el tratamiento de lo que fue hoy, el ayer. O, por lo menos, más prolífico. En la presente edición de L’Atlàntida ha habido un buen número de cineastas que han decidido recurrir a la imagen pasada, a la propia Historia, para intentar dibujar un relato imaginativo en presente. El ejemplo más evidente lo encontramos en el musical político de Ramón Lluís Bande Cantares de una revolución, un film que rememora a través de la palabra escrita (en cartas, diarios e informes) y el registro fotográfico el ánimo de la gente durante la Revolución minera de Asturias de 1934. Instaurada la dinámica emocional a la que lleva el material de archivo, el cineasta pone en escena a un conjunto de personas, lideradas por el cantautor Nacho Vegas, para que canten las canciones populares que desde entonces arden por el terrible poso que acarrean. Una reconstrucción imaginativa que nos dejará volver a oír la voz del pueblo, reivindicando así su carácter valiente y fraternal en unos tiempos en los que parece reinar el silencio más absoluto.

Es lo contrario de lo que propone Andrés Duque en dos de los títulos más sonados del ciclo que Filmin le dedicaba. Ahí queda Carelia: Internacional con monumento, en la cual presenta a una familia que logra vivir en una suerte de idealismo estrechamente imbricado con la naturaleza –aun cuando habitan cerca de un bosque donde se perpetró uno de los mayores genocidios de la historia de Europa. Por su parte, Oleg y las raras artes, tan enigmática como el personaje al que retrata, parte de un formato cercano a la autobiografía para retratar a Oleg Nikolaevich Karavaichuk, pianista prodigioso que antaño llegó a tocar para Stalin, y que ahora se encuentra constantemente nublado entre los fantasmas del pasado. Si bien tanto en Carelia como en Oleg hay una voluntad histórica, casi arqueológica, Duque trabaja del revés: mostrando los personajes y los espacios sin contexto y alargando después un fajo de datos históricos para que replanteemos aquello que acabamos de ver. ¿Hasta qué punto el conocimiento del pasado puede repercutir sobre las imágenes del presente?

Carelia: Internacional con monumento (Andrés Duque, 2019)
Carelia: Internacional con monumento (Andrés Duque, 2019)

Aeropuerto Central Tempelhof, dirigido por Karim Aïnouz, es otro film de no-ficción que permite salidas a lo fantástico, a pesar de recoger el espíritu del direct cinema más estricto (el seguimiento a través de los meses del joven Ibrahim durante su estancia en el centro de refugiados en que el aeropuerto alemán se ha convertido). Así es que Aïnouz a veces abandone completamente los habitáculos del centro, espacio único y protagónico del film, para alejarse por la pista de aterrizaje en desuso, dejándose rodear por la oscuridad, la nieve o la niebla. Como si de algún modo necesitara abstraerse de una realidad concreta e incómoda para retornar a un cierto espíritu elevado, romántico. Como si el documentalista quisiera empaparse otra vez del sentimiento de aventura que la idea del viaje conllevaba para los literatos de hace dos siglos y enfrentándose, de vuelta, a lo que el viaje significa hoy en día para los migrantes. Una imagen de la que, a veces, quisiéramos escapar.

Y me pregunto, ¿podemos escapar? ¿Podemos fabular cuando hablamos de nuestro hoy y ayer?

Aeropuerto Central Tempelhof (Karim Aïnouz, 2019)
Aeropuerto Central Tempelhof (Karim Aïnouz, 2019)

Si algo aprendí en mis clases de Historia del documental es que el ánimo documentalista y la fabulación, en el cine, suelen pesar lo mismo que dos niños subidos en los lados opuestos de un inevitable balancín giratorio. Lo habréis visto en cualquier recreo: si uno deja caer todo su peso encima del sillín, el otro saldrá impulsado hacia arriba, como si el peso del uno reivindicara de la presencia del otro. Decía mi profesor que en la gran pantalla eso pasa tanto a nivel de narrativa, por ejemplo, con la necesidad que algunos biopics tienen de falsear piezas en la vida de su protagonista como si a sus “historias reales” les faltasen pinceladas de melodrama para resultar interesantes para el espectador. Aunque también puede aplicarse a nivel formal, porque el cine son 24 verdades por segundo, pero en un segundo también puede haber 24 pequeños fragmentos de mentira, si se quiere.  Si seguimos con el ejemplo del biopic, o si nos trasladamos directamente al mundo de la no-ficción (con directores como Marker o Siminiani abriendo el camino), encontraremos películas totalmente arraigadas en “lo real” que coquetean constantemente con el lenguaje de lo fabulativo –para empezar, con la superposición de voz en off para significar imágenes caseras, recursos tan habituales en la no-ficción contemporánea.

Siguiendo este esquema, toda no-ficción necesita de su parte evasiva, abstracta, refiérase a Europa o no. Pero luego tenemos a cineastas como Frederick Wiseman, un documentalista “puro” que lleva toda su carrera dándole con el balancín a la entrepierna de todo lo que no sea el simple capturar de los ritmos de un espacio. Así que, si algo me llevo de esta nueva edición de L’Atlàntida Film Fest, es que el “realismo” y la “fabulación” no existen como tales más allá de su cómoda disposición como recursos interpretativos, más o menos intercambiables por los conceptos dicotómicos de “documental” y “ficción”, “comprometido” y “escapista”… Parecería que me quedo en nada, pero, hoy en día, en la era de lo queer y lo no-necesariamente-dual, ¿Quién quiere caer en categorizaciones, sí, claras, pero nada provechosas?

Cantares de una revolución (Ramón Lluís Bande, 2018)
Cantares de una revolución (Ramón Lluís Bande, 2018). Con Nacho Vegas.

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