AD ASTRA

La continua búsqueda y la adaptación del género

Ad Astra

Pero su alma estaba desquiciada. A solas en esa selva, había mirado dentro de sí mismo, y ¡por todos los cielos!, había enloquecido. Yo tuve, debido a mis pecados, supongo, que pasar también por el calvario de mirar dentro de mí mismo”.  Con citas tan antológicas como esta, y tantas otras dentro de las páginas de su inmortal El corazón de las tinieblas (1899), Joseph Conrad es de los autores que mejor ha retratado el interior del ser humano plasmando en un personaje ficticio todas las cavilaciones y tormentos que él mismo se planteaba. Francis Ford Coppola lo tuvo claro en su libre adaptación Apocalypse Now (1979) y, actualmente, quien prosigue un camino similar es James Gray. Ya con Z. La ciudad perdida (The Lost City of Z, 2016) demostró que podía alejarse de las pequeñas y sórdidas historias de su temática habitual para introducirse en el interior del ser humano de una manera más lírica y metafórica y no tan cruda y visceral como en, por ejemplo (cualquiera de sus trabajos precedentes serviría), La noche es nuestra (We Own The Night, 2008). En su último título, Ad Astra (2019), Gray continúa este camino aunque en un tiempo y un espacio diametralmente opuesto, aunque igual de remoto. El foco de esta historia se centra más en la búsqueda interior de su protagonista Roy McBride (Brad Pitt), que en la que le es asignada, la de encontrar a su padre perdido en los confines del Sistema Solar. Por eso Z y Ad Astra están más parejas entre sí por la perspectiva intimista latente en sus protagonistas que por la grandilocuencia del contexto que les rodea. Ambas ejercen de comparación y descripción de la condición humana y sirven como propósito de la búsqueda del yo. Son películas que consiguen empatizar con las situaciones de sus personajes y James Gray es capaz de traducirlo en imágenes con una solvente puesta en escena.

Ad Astra

James Gray es un director de estilo sencillo y directo. No está interesado en la estilización formal y el esteticismo vacuo de las imágenes y lo cede todo a una puesta en escena sobria y al manejo del montaje, basado en el gran uso del plano contra plano, transmitiendo tensión simplemente con un corte, una elección visual y dos personas dialogando. Nada más. En Ad Astra se apoya en un dispositivo (cada vez) más formalista y donde la alternancia visual de los planos resulta notablemente más arriesgada que la mayoría de las veces pero no muy alejada de su habitual y sencilla ejecución. Su grandeza no reside en lo que diverge, sino en la resuelta apuesta por la claridad y perfección de sus elecciones formales y la claridad de sus montajes. Puede resultar redundante el hablar de sus decisiones, pero uno no se cansa de ensalzar el dominio que tiene Gray sobre cómo selecciona los planos, sobre las coyunturas que ordenan su discurso narrativo. Un buen ejemplo se encontraría en la simple diferencia entre un plano abierto y un plano cerrado: según el estado de la narración opta por la literalidad de cada uno de ellos o por manipularlos paradójicamente, es decir, muchos de sus planos generales son simplemente una descripción contextual y muchos otros una fiel metáfora claustrofóbica (una nave pasando por Júpiter o un astronauta a la deriva, respectivamente). Por eso es en las imágenes más cerradas donde definitivamente James Gray se siente más cómodo, donde puede atribuir a cada rostro y a cada expresión un significado diferente dependiendo de las necesidades narrativas. Donde en Two Lovers (2008) un detalle de una cara se utilizaba para la formación de un vínculo entre una de las parejas protagonistas, en su último estreno esta destreza fotográfica evoluciona al personaje: el hieratismo y hermetismo de los compases iniciales del filme, se transforman y rinden pleitesía paulatinamente a la emoción, como casi todo en el cine Gray. Pero la grandeza de esta película no solamente radica en su calidad plástica. También en su uso del montaje, capaz de transmitir la epicidad de una odisea espacial (por supuesto, referencia  a 2001 incluida) o incluso la elocuencia personal afectada por el eterno tema central del cine de James Gray, la familia. Otro aspecto formal que mantiene la esencia narrativa del director es la música. Durante sus anteriores filmes, las melodías impregnaban la unión de diferentes escenas, iniciando los temas en unas escenas para mantenerlos y finalizarlos en unos espacios y momentos diferentes. La selección musical se aplicaba en momentos exclusivos sin la necesidad de acudir de principio a fin. En Ad Astra, sin embargo, está presente desde el inicio y acompañando a la trama y sugiriendo lo necesario para ejercer como un elemento de narración más.

Cada película es un paso más. Muchos realizadores gustan de que a lo largo de sus carreras puedan permitirse el lujo de probar con otros géneros. Con James Gray la sensación es de que él no se adapta a los géneros, sino que los géneros se adaptan (o él provoca que se adapten) a su puesta en escena. Porque se puede pasar de la visión más modesta e íntima de las historias a una verdadera odisea espacial, pero sus cintas siempre dialogarán entre sí gracias al eje que todo lo gira, las relaciones personales.

Ad Astra

 


Ad Astra (Estados Unidos, 2019)

Dirección: James Gray / Guion: James Gray y Ethan Gross / Producción: Coproducción Estados Unidos-Brasil-China; Plan B Entertainment, Regency Enterprises, Keep Your Head Productions, MadRiver Pictures, 20th Century Fox Film Corporation, New Regency Pictures, RT Features, Bona Film Group. Distribuida por 20th Century Fox / Fotografía: Hoyte van Hoytema / Montaje: John Axelrad, Lee Haugen / Diseño de producción: Kevin Thompson / Dirección de arte: Krista Munro / Música: Max Richter, Lorne Balfe / Reparto: Brad Pitt, Liv Tyler, Ruth Negga, Tommy Lee Jones, Donald Sutherland, John Finn, Kayla Adams, Kimmy Shields, Bayardo De Murguia, Lorell Bird Dorfman, Sasha Compère, Afsheen Olyaie, Bobby Nish, John Ortiz

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