2. QUÉ NOS QUEDA

El cine de la posmodernidad y las epopeyas van de la mano; historias en las que se narran las increíbles hazañas de un personaje heroico. No hace falta que me autodenomine defensora del cine de superhéroes para creer (algunas veces con mayor afán que otras) que aún pueden surgir nuevas ideas que nos sorprendan. Aténganse al concepto nuevas ideas teniendo en cuenta el siglo de sobreexceso de información y de escasez de originalidad en el que nos encontramos. El cine posmoderno avanza en paralelo a nuestra sociedad y, por ende, se introducen nuevas preocupaciones e incertidumbres que convergen en la temática de estos films. En los últimos años el contenido se ha modificado, debido al ritmo frenético de los cambios tecnológicos y sociales de nuestro tiempo. El cine posmoderno nos ha obligado a crear nuevos objetivos para adaptarnos a estos últimos avances, el cine de superhéroes (primogénito de los cómics y dueño de nuestra infancia) encierra dentro de su aparente superficie, dilemas que giran en torno a las preocupaciones sociales del siglo XXI como pueden ser; las enfermedades, el acoso, las redes sociales y la comunicación (o más bien la no-comunicación).

Más allá del “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” el cine de superhéroes consiste en dar voz a los que no la tienen, los humillados, tímidos, retraídos y a veces marginados que no se atreven a hacer frente a sus opositores. En definitiva, tenía el poder de hacer soñar a los que no solían hacerlo. Películas como V de Vendetta (2006) nos hablaban de la injusticia política a través del arte del discurso y de la utopía social con Tchaikovsky derrumbando Westminster. Kick-Ass (2010) hacía visible el asunto del bullying escolar y el daño que infringen los rumores, las redes sociales o plataformas como Youtube en nosotros mismos y en nuestra imagen. Para dar un paso más, redirigimos la vertiente al cine de autor con Diamond Flash (2011) en el cual su director, el Madrileño Carlos Vermut, retrata la delgada línea entre héroe-villano con suma sutileza confluyendo en temas tan escalofriantes como la violencia de género y la pedofilia. Solo depende de qué tipo de cine queramos hacer y de qué tipo de superhéroe queramos crear, focalizando estas historias en quienes queremos influir, aprovechando la gran aceptación de este cine entre el gremio juvenil.

Ya los cómics del archiconocido hombre-murciélago incitaban a reflexionar sobre lo justo y lo malévolo. Haciendo una mímesis entre ambos y ubicándolos en un lugar como el hospital psiquiátrico Arkham Assylum en el que el mismo protagonista anda desorientado entre la locura y la cordura. Como buena parte de los géneros literarios (en el caso del cómic, híbrido entre lo literario y lo ilustrativo) que se construyen a partir referencias y se nutren de ellas, el cómic Arkham Assylum, fue creado a raíz de las influencias de la novela Massachusetts de Lovecraft. Inspiraciones literarias, nuevas creaciones y avances novedosos moran en el cómic. Y este tipo de cine, bebe directamente de ellos, entonces ¿no hay nada nuevo en el cine de superhéroes?. Marvel y DC Comics se han hecho con el monopolio del género impidiendo que el contenido se renueve, obteniendo beneficios de un sistema lineal dirigido por el marketing ¿no hay más que comercio?. Recientemente, nos hemos percatado de la nueva evolución del hombre-araña, la trilogía que protagonizaba Tobey Maguire quedó atrás con un simple “Amazing” para dar paso al nuevo artrópodo, Andrew Gardfield. Actualmente, Tom Holland lidera el nuevo cartel de Spider-Man: Homecoming (2017) cuyo tráiler nos muestra cómo, tras pulsar la araña que decora el centro de su torso, el traje se adhiere a su cuerpo. Tecnología punta y ficción elevada al cubo. Quizá nostalgia. Nostalgia es lo único que nos queda de este tipo de cine que podemos guardar con cariño porque ciertos films nos influyeron y nos acompañaron en nuestra infancia. Puede que el vacío argumental y la repetición está inherente en el género. O quizá nos quede algo de esperanza.

Sherezade Atiénzar

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