DOCUMENTAMADRID 2017: COMPETICIÓN INTERNACIONAL DE LARGOMETRAJE

Calabria (Pierre-François Sauter)

El director suizo elabora un film sobre el viaje de la vida aunque, curiosamente, comienza a retratar la epopeya desde la muerte. Jovan, un gitano procedente de la península balcánica, y José, un portugués, ambos trabajadores de una funeraria, son los encargados de transportar el cuerpo de un difunto italiano desde Suiza hasta Calabria (Italia). En la senda del viaje, con las ambiciones, los anhelos y las creencias de dos polos opuestos (la alegría del folklore balcánico se enfrenta a la melancolía del fado portugués), se construye con frontal normalidad una historia filmada en la horizontal de una carretera. La potencia del documental radica en la capacidad de los diálogos a medida que avanzan los kilómetros, puesto que la mayor parte del metraje sucede en el interior del coche, o bien enfocando a los dos protagonistas en plano fijo mientras charlan, o bien mediante planos fijos y testimoniales del ataúd.

Bajo esta premisa el espectador asiste a una peculiar road movie que destapa con el origen de sus protagonistas el depósito de la memoria inmigrante en Suiza. En un extraño cruce entre Carretera asfaltada en dos direcciones (Monte Hellman, 1971), El sabor de las cerezas (Abbas Kiarostami, 1997), y Old Joy (Kelly Reichardt, 2006) encontramos la arriesgada apuesta de Sauter. El espectador se enfrenta a un shock cultural en el encuentro de las diferentes personalidades que muestran los dos protagonistas del film. Una obra de exploración que transita los límites del documental y los de la ficción para hacer reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre el viaje del inmigrante desplazado que sabe cuándo sale de casa, pero que nunca sabe si volverá al lugar que le vio partir.

Enrique Pérez Acosta

Los niños (Maite Alberdi)

Maite Alberdi es una joven pero prolífica documentalista chilena que después de haber recibido muy buena acogida con su largometraje La once (2014) —en donde hace un retrato del grupo de amigas del colegio de su abuela quienes llevan más de sesenta años reuniéndose—, nos presenta en esta edición de DocumentaMadrid, Los niños (2016), un documental que, paradójicamente, nos cuenta la historia de unos adultos que llevan cincuenta años yendo al mismo colegio porque tienen síndrome de Down. De principio a fin las decisiones de la directora —como desenfocar el rostro o dejar fuera de cuadro a todos los personajes que no tienen síndrome de Down—, tienen la intención clara de identificar al espectador con los protagonistas de la historia, quienes a pesar de padecer esa enfermedad son representados fielmente — haciendo uso de un humor muy fino e inteligente—, como personas con defectos y virtudes, con anhelos y frustraciones al igual que cualquier otro ser humano.

La autora, quien mantiene una relación poco objetiva con estos ¨niños¨, ya que su tía con síndrome de Down asiste a este colegio y por eso conoce a los personajes de toda la vida, hace una dura crítica a la sociedad chilena, la cual no se preocupa por integrar ni le da oportunidades a las personas ¨diferentes¨, como son las personas con síndrome de Down. Con la realización de esta cinta asume un compromiso social, dándole voz a una población que ha podido ser  esterilizada por sus padres desde cuando eran niños sin contar con su autorización, que solo tienen derecho a educación en establecimientos públicos hasta los 25 años, que no se pueden casar o que según un artículo de la ley de trabajo, por tener discapacidad intelectual pueden estar asalariados por debajo del sueldo mínimo. Un artículo que, en parte gracias a la película, fue modificado, convirtiendo a Los niños en una película capaz de impactar de forma tangible en una sociedad, como lo debe hacer todo objeto artístico.

Salvador Arbeláez

Luz oscura (Susana de Sousa Dias)

En estos tiempos donde vemos a diario miles de imágenes con la velocidad de un coche de Fórmula 1, resulta necesaria una película como Luz obscura, de la  autoría de la documentalista portuguesa Susana de Sousa Dias, cinta en donde los planos dilatados de fotografías, otrora utilizadas por la policía política, yuxtapuestos con la voz triste y mansa de los tres protagonistas, son el dispositivo que sumerge lenta y profundamente al espectador en el drama que plantea el documental.

Por más de cuarenta años los portugueses padecieron la dictadura del Estado Novo, la más larga de todo el siglo XX, ejercida por Oliveira Salazar. Durante esos años de opresión la Policía internacional y de Defensa del Estado (PIDE) tomó cerca de 30.000 presos políticos. En el año 2000, ya en democracia, mientras rodaba otro documental titulado Natureza morta, Susana de Sousa Dias tuvo acceso por primera vez a los archivos de la PIDE, donde encontró todas las fotos de reconocimiento de los prisioneros y perseguidos políticos, así como también de sus familiares. De ese hallazgo le surgió la pregunta fundamental que la empujó a realizar Luz obscura: ¿De qué manera afecta a la familia de un ciudadano ser convertido en prisionero político? Tres hermanos, hijos de prisioneros políticos, buscan darle una respuesta a esta pregunta. El objetivo no es otro que el de dejar claro que a la familia de estos prisioneros se extiende su tortura y su incertidumbre. Salga libre, muera o desaparezca, las secuelas son indelebles. Y alguien tiene que narrarlas. Con las herramientas del arte. Y, en este caso, la más efectiva es el largometraje documental, ya que el lenguaje escrito se quedaría corto en la revelación de la brutalidad policial. La directora, sin embargo, prefiere expresarse en metáforas antes que limitarse a transmitir información. El resultado es una notable obra de arte.

Salvador Arbeláez

Máquinas (Rahul Jain)

Hay que ser hábil y valiente para balancearse entre la reivindicación política y laboral de un durísimo sistema preindustrial como el de la India, y la búsqueda de la belleza como herramienta estética fundamental. Más aún cuando, siempre latentes, florecen como crisantemos en primavera las viejas cuestiones a las que apuntaban Godard o Rivette acerca de si embellecer con nuestra puesta en escena los acontecimientos más crueles es o no un acto de abyección.  Hay que añadir que hablamos de una ópera prima, cuyo realizador (nacido en la India, criado en el Himalaya y recién licenciado por el Instituto de Arte de California) acaba de cumplir 26 años. La película en cuestión es Machines (2016) y su director Rahul Jain acaba de aterrizar en Madrid después de alzarse con el premio a Mejor fotografía Documental (World Cinema) en Sundance 2017.

Volviendo a la película, ya desde un primer largo plano en el que nos deslizamos por una laberíntica y gigantesca fábrica textil, Jain coloca el foco sobre las máquinas. Máquinas cuyos esqueletos finalmente no estarán formados por tornillos ni arandelas sino por corazones y rostros humanos en cuyo abatimiento y deshumanización se desliza la cara más despiadada de Guayarat, una de las regiones más industrializadas del país.

Jain construye así su relato entre el deambular de la cámara por la fábrica junto con unas breves entrevistas en primera persona de sus exhaustos trabajadores. Todo ello retratado con maestría por su operador Rodrigo Trejo a través de una ambientación sombría e iluminación dramática de claroscuros cuyas imágenes recuerdan a alguno de los lienzos de Caravaggio. Estos hombres, en muchos casos niños, recorren su microcosmos sin apenas esperanza mientras el sonido de los aparatos les golpea rugiendo con fuerza. Y es que el perturbador diseño de sonido, que busca inteligentemente incomodar sirviendo de contrapunto ante el tratamiento estético de las  imágenes, es otro de los puntos fuertes de la cinta.

Y así, tras el minucioso viaje por el interior de la fábrica, llegamos a un epílogo final donde la cámara saliendo al exterior rodeada por cientos de trabajadores, es interpelada a preguntas acerca del verdadero objetivo de los realizadores del film. Allí es cuando la película alcanza su grado máximo de sabiduría. Deja de lado su aspecto reivindicativo para colocarse en el foco del problema y juzgarse a sí misma. Como decía Antoine de Saint-Exupéry, es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio. Los trabajadores nos piden ayuda a nosotros, los espectadores, y al propio director para conseguir unas condiciones laborales dignas que se alejen de la dura realidad a la que se ven expuestos diariamente. Obviamente no reciben respuesta.

De DocumentaMadrid se ha llevado la Mención Especial del Jurado al Largometraje (Ex Aequo). No obstante ahora parte hacia el IDFA 2017 de Amsterdam (el mayor festival de documentales de la actualidad). Estaremos atentos.

Miguel Gutiérrez

La ciudad del sol (Rati Oneli)

Dos chicas huyen corriendo. O al menos vestidas de runners que solo pretenden entrenarse alrededor de una ciudad fantasma que tuvo sus días de gloria durante la extinta URRS.

City of the sun, de Rati Oneli, se sitúa en Chiatura, ciudad georgiana de menos de veinte mil habitantes actualmente. Los vestigios de su dorada etapa soviética están en todo el documental. Llaman más la atención los edificios de la época, todavía con simbología comunista, como síntoma del alma de una ciudad que se niega a vivir en un presente nuevo y en una nación nueva (veintiséis años desde su independencia). La ciudad está moribunda pero el reducido grupo que el documental observa se afana por mantener un espíritu de vida y cultura alrededor de ella. Teatro y cenas obreras se suceden mientras se masca la duda de si merece la pena avivar el poco fuego que alimenta esa decadente urbe industrial. Chiatura es también una visión de la propia Georgia, un país con más de un cuarto de siglo de independencia pero que apenas nueve años atrás tuvo una guerra contra varias de sus regiones (tuteladas por Rusia) que también querían independizarse. Georgia, incluso, vio nacer al símbolo más importante de la URRS, Iósif Stalin.

Y las runners. Un plano secuencia las sigue en su particular huida. Al mismo tiempo que la cámara gira con ellas por las calles, se observan carteles de las campañas electorales de los políticos de turno. Quizá de esto quieran huir las jóvenes atletas georgianas, de la Chiatura de entonces y de la de ahora.

Carlos Rodríguez

Radio Kobanî (Reber Dosky)

Sueños de juventud. Sueños en una ciudad en guerra. Kobani se encuentra al norte de Siria y el 89 % de su población pertenece a la etnia kurda. Dilovan pertenece a este grupo, tiene veinte años, proyectos en su vida y dirige la radio de la ciudad. La protagonista de Radio Kobani (2016), dirigida por la debutante Reber Dosky, se propone documentar la derrota del Estado Islámico en su ciudad ante la contraofensiva de las milicias kurdas. El documental holandés coloca su cámara en primera línea de fuego, elaborando un profesional ejemplo de periodismo de guerra. La puesta en escena sigue, con absoluto realismo, a los combatientes a través de las escaramuzas con las que se libra este tipo de guerra moderna. No es un videojuego ni una partida de paintball en Kobani. Los luchadores saben a lo que van y su sangre fría y profesionalidad choca radicalmente con lo que se intuye que ha sido un entrenamiento de simples voluntarios dispuestos a defender su ciudad.

En las milicias, vemos a mujeres combatir a los radicales. Esta muestra de feminismo combativo se enlaza con los sueños de Dilovan, una chica que quiere ir a la universidad y sentirse independiente, ya sea por alejarse de la situación de guerra o de la propia sociedad tradicional. También quiere casarse, obedeciendo a la parte costumbrista de su instinto. Pero como joven veinteañera del siglo XXI, acude al Facebook para encontrar novio y futuro marido. Quizá sea la única secuencia en la que ciertos toques de humor asoman en una historia que tiene toda la crudeza de la guerra y los refugiados y toda la sensibilidad y melancolía de una joven en una edad de profundos cambios. Y toda esa sensibilidad positiva desea ser compartida con sus conciudadanos, para que al menos puedan amanecer cada día con un dulce “Good morning Kobani” a través de su programa de radio.

Carlos Rodríguez

Solar

En 1991 se publicó en Argentina Vengo del sol, un libro que recogía las reflexiones espirituales de Flavio Cabobianco, un niño de diez años que aseguraba ser mensajero de otros planetas. Tanto el libro como el autor se convirtieron en iconos de la cultura New Age, y Flavio y su familia acabaron desfilando por innumerables programas de televisión narrando sus esotéricas vivencias. Veinte años después, con motivo de la reedición del libro, Flavio ofrece al documentalista Manuel Abramovich la oportunidad de dirigir una película en torno a su figura. Abramovich, recién salido de la universidad, cargado de entusiasmo, se pone manos a la obra, interesado en captar las dinámicas de una familia tan particular como los Cabobianco. Pero, durante el primer año de grabación, Flavio va tomando conciencia de que el director es el único que controla la imagen y le exige a Abramovich un replanteamiento total de la obra.

A partir de estos (inesperados) mimbres, Solar se convierte en una suerte de choque de trenes en el que el director y el objeto de grabación se intercambian lugares de forma constante, tanto que casi parece que se estuviera asistiendo a la proyección de dos películas que pelean entre sí. A lo largo de los tres años y medio (¡tres años y medio!) que duro finalmente el rodaje, reflejados con mucha inteligencia y no poca sinceridad (Abramovich nos reconoció que siente vergüenza cada vez que ve la película) en el montaje final, la narración no para de transformarse, pasando de autorretrato a reflexión sobre las relaciones de poder, de investigación sobre la imposibilidad de controlar cómo se nos percibe a retrato de una familia marcada por un hecho tan bizarro que cuesta creerlo. Pocas veces la célebre frase de Godard, “Montar es transformar la casualidad en destino”, ha sido más certera que en Solar, una película en constante lucha por adaptarse a lo inesperado y sacar de ello algo valioso. Es ese esfuerzo el que acaba convirtiéndola tanto en la divertidísima disección de un proyecto “fallido” como en una fascinante meditación sobre lo que supone hacer un documental: cómo el azar domina el proceso, condicionando el contenido. En Solar, como en muchos aspectos de la vida, la realidad se niega a ser estructurada, racionalizada, en fin, controlada.

Pablo López

La historia de un matrimonio (Helena Třeštíková)

Una película documental que tardó 35 años en realizarse, una obra que captura aspectos de la vida de una manera muy particular. Esta es una película que empezó siendo de la Checoeslovaquia socialista en donde se hacían filas interminables para comprar un árbol de navidad y terminó siendo de la República Checa capitalista en donde los bancos te venden el sueño de volverte rico si te endeudas con ellos hasta ser un anciano. Una película cuyo argumento se fue escribiendo en el tiempo y donde nunca hubo certezas acerca de cómo terminaría.

En 1980 la cineasta Helena Třeštíková registró la boda de seis jóvenes parejas, entre ellos la de Ivana y Vaclav Strnadovi a los cuales siguió visitando durante 35 años. Fueron naciendo los hijos y siguió pasando el tiempo, cayó el comunismo, se separó el país y siguió pasando el tiempo, del pequeño piso se mudaron a una gran casa campestre, el tiempo siguió pasando y la película se siguió rodando. Los niños fueron creciendo frente a la cámara, de la misma forma que Jean-Pierre Leaud fue creciendo mientras interpretaba al mítico Antoine Doinel. La lucha por mantener un matrimonio, por seguir sintiendo amor por el otro, por educar bien a los hijos, por sacar adelante el negocio familiar. Todos estos condimentos están presentes en  Strnadovi (La historia de un matrimonio), una película que solo necesitó del tiempo, mucho, para tener una historia certera y conmovedora.

Salvador Arbaláez

Sin título (Michael Glawogger, Monika Willi)

Michael Glawogger es un cineasta austriaco que emprende un viaje con la intención de rodar una película con la sola guía de su intuición, una película sin un tema particular, puro movimiento y curiosidad. En su travesía recorre lugares de Italia, de los Balcanes y de varios países de África con el anhelo de encontrar algún lugar tan remoto que su presencia sea imperceptible. Al tiempo que va registrando su viaje con imágenes, va escribiendo reflexiones que solo pueden surgir de alguien que al tiempo que realiza una travesía con su cuerpo, está buscando o tal vez escapando de algo dentro de él. El movimiento no se detiene, la película viaja por bosques, desiertos, playas y aldeas en trenes, carrozas o camiones. Las mujeres y los hombres están destinados a morir, ya sea en la comodidad europea o en la miseria africana. La línea del tiempo de la película es la realización de la misma, por eso tiene una vitalidad incomparable con cualquier cinta de ficción. En esta película cuando alguien muere, muere de verdad, y eso es lo que le termina ocurriendo al director, que debido a la malaria fallece durante el rodaje de la cinta, en Liberia, en abril de 2014.

El montaje de las más de setenta horas de material que rodó Michael Glawogger fue magistralmente realizado por su amiga Monika Willi, quien yuxtapone las imágenes capturadas por Glawogger con las reflexiones que este escribía en su diario de viaje. La labor de esta montadora es deslumbrante. Es ella quien arma el rompecabezas que el difunto director no alcanzó a terminar. El resultado es contundente: movimiento, vida, realidad. Una película sobre la condición humana.

Salvador Arbaláez

Somos humanidad (Alexandre Dereims)

Al hablar de humanidad, tal y como recoge la RAE, no solo hablamos del conjunto de todos los seres humanos, sino también, he aquí lo interesante, de la capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia los demás.

Como si de Edward S. Curtis realizando En la tierra de los cazadores de cabezas (1914) se tratara, solo que un siglo después, Alexandre Dereims presenta We are Humanity (2017). En ella el documentalista francés esculpe un retrato de los primitivos habitantes de una isla remota en el corazón del Golfo de Bengala (India). Los Jarawa han conseguido guarecerse de la locura de nuestro mundo permaneciendo con las mismas costumbres que cuando llegaron desde África hace 70.000 años. La premisa remite, inevitablemente, a la de otros intrépidos realizadores que afrontaron misiones similares, véase, Robert J. Flaherty con  su Nanuk el esquimal (1922) o F.W. Murnau con su obra póstuma Tabú (1931). La diferencia es que Dereims lo hace sin ficcionar su argumento. We are Humanity es así mucho más que un largometraje de exploración etnográfica. En él conviven la total transparencia por captar la forma de vida de los Jarawas (aspectos religiosos, familiares, culturales, etc) junto con un grito de auxilio para salvar su mundo y sus costumbres de la codicia de los cazadores furtivos y la llegada del turismo. Una extinción a la que se ven abocados bajo la pasividad del gobierno Indio.

Por otro lado, junto al aspecto documentalista y  reivindicativo, nace de las entrañas del film una potente reflexión acerca del estado actual de las sociedades avanzadas, como si estuviésemos perdiendo esa humanidad a la que paradójicamente se apela para salvar a los Jarawas. A todo esto nos remite la única secuencia en la que Dereims deja la tribu para trasladarse a una superpoblada, estresante y bulliciosa ciudad india. El contraste entre la paz y la pureza de los niños jarawas con la tristeza e infelicidad de los de las chabolas bengalíes (ayudados por el incisivo uso del sonido que se otorga a la ciudad) genera un fuerte impacto. Cabe destacar, en esta misma línea, la importancia que Dereims otorga a la juventud. Los niños jarawas absorben gran parte del protagonismo del film, resultando llamativa  la ausencia absoluta de ancianos. Esto dota a la tribu de un aspecto juvenil, como si los jóvenes protagonistas de mirada limpia y pureza total se hubieran detenido en el tiempo mientras el resto de sociedades envejecíamos. Así mismo, el inteligente uso de la traducción contribuye a adentrarnos en este mundo primigenio. Solo en las ocasiones en que los protagonistas interpelan a cámara para dar sus testimonios son traducidos. Cuando Dereims, como un espía, coloca la cámara para que vivamos la experiencia del día a día desde la objetividad de la tercera persona no se traduce nada; esto nos proporciona una distancia necesaria para observar a dicha sociedad a la par que nos sumerge en su exótico mundo. Un mundo que por el bien de nuestra humanidad  deberíamos proteger y preservar.

Miguel Gutiérrez


  • Premio al Mejor Largometraje: La ciudad del sol
  • Mención Especial del Jurado: Luz oscura (ex-aequo)
  • Mención Especial del Jurado: Máquinas (ex-aequo)
  • Premio del Público: Radio Kobanî
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