Z, LA CIUDAD PERDIDA

En lo más profundo de la selva

Hay algo misterioso y elusivo en Z, la ciudad perdida, la nueva película de James Gray, que hace difícil clasificarla. Podríamos empezar diciendo que es una película de aventuras de corte clásico, con ecos de Huston, Flaherty y Malick. Como eso es un poco vago, cabría tratar de concretar algo más añadiendo que es la historia de Percy Fawcett, un oficial del ejército británico que, a principios del siglo XX, se adentró en la Amazonia para cartografiar un río y volvió de su expedición obsesionado con un misterio oculto en la jungla. Es más concreto, sin duda, pero igualmente insuficiente, porque la película está construida como ese mismo misterio, y exige que nos adentremos más y más para desvelar sus secretos.

Se suele decir de James Gray que es el último de los clásicos, y hay algo de cierto en ello. Al igual que muchas películas del cine clásico, Z, la ciudad perdida está estructurada por capas, y su funcionamiento depende de cuanto esté dispuesto el espectador a profundizar. Es posible verla disfrutando solamente de la acción, los continuos viajes de Percy Fawcett a Sudamerica y la intermitente relación con su mujer, Nina. Pero hay algo en el trabajo visual de Gray que nos empuja a seguir indagando, a visitar su película con espíritu de explorador más que de turista. La suya parece una puesta en escena sencilla, pero es una apariencia engañosa. Bajo la suntuosa fotografía de Darius Khondji, que nos sumerge en una selva de verdes y dorados, late una visión que aúna el respetuoso observar de un antropólogo con la voluntad poética y humanista del Kurosawa de Dersu Uzala (1975). El choque entre fantasía y realidad.

 

 

Al igual que, en La noche es nuestra, Gray se atrevió a mostrar una persecución de coches trabajando enteramente desde el interior del vehículo, construyendo la tensión a través de las reacciones de los pasajeros, en Z, la ciudad perdida reduce al máximo cualquier posible espectacularidad. La aventura en esta película es algo duro e ingrato, un viaje siempre al borde de la enfermedad o la muerte cuyo final solo se alcanza mediante una mezcla de voluntad y locura. Pero, ¿por qué? ¿Qué nos lleva a embarcarnos en una odisea así?, parece preguntarse Gray. En el caso de Percy Fawcett, la justificación inicial es el anhelo de mejorar su estatus, limpiar el nombre de su familia y alcanzar el reconocimiento de los que le rodean, las motivaciones clásicas de un caballero británico. Sin embargo, según el misterio (entendido casi de forma mística) penetra en él, todo esto va cambiando. Cada vez que el protagonista regresa a su hogar, lo hace transformado, convertido en un extraño para su entorno. Poco a poco, su ansia de gloria va dejando paso a un vacío interior que solo la jungla puede llenar. Percy, como el personaje de Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977), es un hombre que no se siente cómodo en la sociedad que le rodea, al que la fascinación de lo desconocido y la promesa de un mundo diferente, ya sea fantástico o real, lleva a dejarlo todo atrás.

 

 

Pero se puede seguir cavando en la película y encontrar aún más tesoros. Es posible leer todo el filme como un inteligente retrato de la sociedad imperialista de principios del siglo XX, esa Europa obsesionada con conquistar, pero incapaz de comprender lo que le rodeaba. Percy Fawcett representa las contradicciones de esa sociedad: un hombre cuyo anhelo de progreso social entra en conflicto con la necesidad de ajustarse a la masculinidad imperante, tan obsesionada con la gloria y el poder como mermada en lo emocional. Contradicciones que, inevitablemente, condujeron al desastre de la Primera Guerra Mundial. De ahí que Gray dedique una larga secuencia a la contienda entre trincheras, que además funciona como necesaria contraposición a los momentos en la jungla. Para Percy, la barbarie de la Gran Guerra es la herida definitiva, aquella que solo podrá curar desapareciendo. Así, Z, la ciudad perdida se une a toda una serie de películas que, como La cinta blanca (Michael Haneke, 2009) o Un método peligroso (David Cronenberg, 2011), tratan de explicar las catástrofes del siglo XX regresando al origen y cuestionando el rol que la sociedad adjudicó al hombre (¿y viceversa?). Un rol que, un siglo después, aún persiste, por suerte algo más cuestionado.

Pero la película de Gray todavía ofrece otra lectura, puede que más interesante y decididamente menos clásica, la de las mujeres que sostenían, con su estoicismo, esas fantasías de conquista y gloria. Aunque estas figuras femeninas son un lugar común en las narraciones de aventuras (empezando por Penélope en La odisea), Gray va un paso más allá y presenta a una Nina Fawcett que se sacrifica por su marido pero que, a la vez, le precede en sus anhelos.  De hecho, el sorprendente plano final nos indica que el sueño de transformación y el deseo de conocimiento han formado parte de ella desde el principio, pero se ha visto obligada a reprimirlo por el simple hecho de ser una mujer. El sacrificio de Nina Fawcett es el de la propia identidad, el de una mujer que se niega a sí misma para que su familia pueda realizarse. Pocas cosas menos clásicas y, a la vez, más propias de nuestra sociedad, que esa mujer sola adentrándose en la jungla de su mente, la que ha tenido que construir para sobrevivir a todo lo que se le ha negado.

Pablo López

 


Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z, Estados Unidos)

Dirección: James Gray / Guion: James Gray, basado en el libro de David Grann / Producción: Dede Gardner, James Gray, Dale Armin Johnson, Anthony Katagas y Jeremy Kleiner / Música: Christopher Spelman / Fotografía: Darius Khondji / Montaje: John Axelrad y Lee Haugen / Diseño de producción: Jean-Vicent Puzos / Reparto: Charlie Hunnam, Robert Pattinson, Siena Miller, Tom Holland, Edward Ashley, Angus Macfayden, Ian McDiarmid

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