REY ARTURO: LA LEYENDA DE EXCALIBUR

Leyenda artúrica 2.0

«¿Apartaste la mirada? […] No me malinterpretes, yo aparto la mirada. Todos la apartamos. Pero esa es la diferencia entre un hombre y un rey».

Rey Arturo: La leyenda de Excalibur (o, en un traducción más rigurosa del título original: Rey Arturo: La leyenda de la espada) está repleta de frases como la anterior, del tipo «¿Viste todo lo que tenías que ver?», «Déjame mostrarte», «Os contaré lo que creo que sucederá», y un largo etcétera.  Aunque suenen al peor de los clichés, las frases son muy oportunas (al menos las tres o cuatro primeras veces) porque no sólo señalan la narración clásica del trauma o el discurso monárquico-mesiánico de la película, sino que definen la manera en que funciona: redirigiendo la mirada hacia aquello que había estado apartado en el relato. En concreto, relatando o mostrando a través de escenas de montaje los momentos anteriores o posteriores al instante de la acción. Así que, en principio, no sería del todo justo que los supervivientes de la Liga Antivideoclip blandieran sus prejuicios contra un recurso que aquí, en todo momento, desempeña una función. Además de mostrar una encomiable economía narrativa y jugar con los códigos del género, estas escenas de montaje reconectan y resignifican el pasado en el presente, muestran los mecanismos del trauma y de su superación, y definen a los personajes por su forma de narrar. Así que, que Rey Arturo fracase o no dependerá del uso y abuso de este dispositivo.

Entonces, sí, puede que sea un problema que la mayoría de estas escenas no aclaren nada que no hubiéramos imaginado antes, cuando formaban una elipsis o laguna narrativa. Puede que sea un problema que cuando Arturo relata algo resulte demasiado consciente de lo increiblemente guay que él es. O que solo sea capaz de recordar con la dosis de solemnidad que requiere el trauma y el inconsciente. Y, si no, puede que lo sea el que suceda lo mismo con el villano Vortigern, con los amigos de Arturo y con cualquier otro personaje que actúe como narrador. No suele ser bueno que todos los personajes sean iguales, incluso si no resultan unos capullos de playa. Y, sobre todo, puede ser un gran problema cuando le sucede lo mismo al narrador principal, contagiado por la insufrible y afectada subjetividad del protagonista.

Pero este reseñista y amante de la leyenda artúrica les estaría mintiendo si despachara la película como un artificio gratuito. Y les anima a que se indignen con quien lo haga. Porque La leyenda de Excalibur es coherente y fiel a su dispositivo desde su planteamiento: podríamos tomar toda la película como un videoclip que pretende redirigir la mirada a la leyenda y  resignificarla en nuestro mundo contemporáneo, mostrar los mecanismos del trauma, etcétera (ver dos párrafos más arriba). En ese sentido la película se apunta a las “ampliaciones icónicas” de títulos como Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012). Si recuerdan el ABC del cine de Tarantino se trata de tomar un imaginario popular, a menudo bastante rancio (machista, racista, conservador…), y abrirlo desde dentro a la sensibilidad actual. O sea, que el anacronismo y la irreverencia están a la orden del día. Y son perfectamente legítimos. Aunque al amante artúrico que les escribe le hayan salido sarpullidos viendo rostros tan siglo XXI (Beckham, ¡glubs!), con sus tics y jergas, en su querida leyenda. A cambio, se han introducido caballeros negros en la mesa redonda del siglo VI, Merlín ha sido sustituido por Morgana, Lancelot (AKA Ideal del Caballero) eliminado, los soldados enemigos actúan como antidisturbios, Arturo se ha criado en las calles y en un burdel, como se subraya en varios dialogo y escenas de montaje, y los nobles caballeros son lo más lumpen que alguien en el dólar como Guy Ritchie puede imaginar. Así que uno está dispuesto a ocultar los sarpullidos bajo la manga, por más calor que haga este verano, y aplaudir tan nobles y correctas intenciones.

Pero en inglés la película se llama La leyenda de la espada y no de Excalibur por algo, y es que olvídense de lo de Rey Arturo, porque aquí no hay ni rastro de nuestra leyenda. No se trata de una revisión gamberra o iconoclasta, como sí puede serlo Django desencadenado, sino que la película pasa indecentemente de sus referentes. Todo comienza con el mundo de la leyenda, que ha dejado de ser la Edad Media cristiano-pagana de siempre para convertirse en ese mundo fuera de la Historia, pero muy dentro del mercado, que ha surgido de El señor de los anillos, Percy Jackson y otros productos del estilo. Y sin Historia no hay leyenda (ni lucha de clases, por cierto). Ni leyenda artúrica ni gamberra. Aunque puede haber mito.

¿Cuál es el mito de La leyenda de la espada? En algún momento parece referir a la idea de un equilibrio entre el bien, el mal y esas cosas (en serio). Pero al final de la película todo parece ponerse un poco más turbio. Me refiero a cuando queda clarinete que se trata del relato de un mesías que debe liderar una revolución y habla por su pueblo. «Ya no tratas con el hombre que conociste. Le hablas a Inglaterra y a todos los súbditos que su rey protege», pronuncia Arturo al final. Olvídense de lo que opine Escocia del comentario de este nuevo rey de los bretones y piensen en cómo se recibiría si la película tuviera nacionalidad alemana y se hubiera rodado hace 70 años. Y es que no parece haber demasiado discurso fuera de las tendencias de la moda en esta ampliación icónica de la leyenda, y en el mejor de los casos parece haber sido reapropiada -imposturas lumpen y “cine social británico 2.0” mediante- por el mito de origen de la democracia liberal y la monarquía constitucional. Y uno comienza a sospechar que no son tan nobles las intenciones.

 Alberto Hernando


Rey Arturo: La leyenda de Excalibur (King Arthur: Legend of the Sword, Estados Unidos)

Dirección: Guy Ritchie / Guion: Joby Harold, Guy Ritchie, Lionel Wigram / Producción: Steve Clark-Hall, Akiva Goldsman, Joby Harold, Guy Ritchie, Tory Tunnell, Lionel Wigram / Música: Daniel Pemberton / Montaje: James Herbert / Fotografía: John Mathieson / Diseño de producción: Gemma Jackson / Reparto: Charlie Hunnam, Jude Law, Astrid Bergès-Frisbey, Djimon Hounsou, Eric Bana, Aidan Gillen, Freddie Fox

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