MÁS ALLÁ DEL JARDÍN

Sigue el camino de baldosas amarillas

Dorothy fue en busca de la Ciudad Esmeralda para así volver a su hogar, donde se está como en ningún sitio. Dante descendió a los infiernos para purgar sus pecados y así alcanzar la redención en los brazos de su amada e idealizada Beatriz, su paraíso. En este paralelismo vislumbramos el carisma que define a una serie que vaga entre la espiritualidad de la Divina Comedia (Dante Alighieri, 1472) y la musicalidad y energía de la película El Mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Más allá del jardín (2014) es un producto tétrico y conmovedor. Una miniserie de diez capítulos producida por Cartoon Network y dirigida por Patrick McHale -guionista de Hora de aventuras (Pendleton Ward, 2010-Actualidad)- que nos traslada al viaje de dos niños perdidos en un temible bosque, como aquella selva oscura en la que Aligheri se encontraba por haberse apartado del recto camino.

Y es que si Wirt (voz de Elijah Wood) habla en prosa y viste con un capirote rojo -representación popular del poeta italiano- no es pura casualidad. Su temor se nos irá desvelando en este raro cuento de atmósfera y estética victoriana donde el bosque consume por dentro a nuestros protagonistas, siendo este otro personaje más como el aciago wald de los hermanos Grimm. Por otro lado, Greg es vivaz y valiente. Un entusiasta e ingenuo personaje que alienta a sus compañeros a vivir peligrosas aventuras. Estos dos hermanastros resolverán sus miedos e inquietudes en cada pequeño cuento que se les presenta. Historias que bien recuerdan a los círculos del averno ideados por Dante. Detrás de cada personaje se metaforiza un pecado capital: la pereza de Wirt para dejar de lado su camino, la lujuria de dos amantes separados por un disfraz de simio, la avaricia de un rico que ni siquiera conoce los límites de su propio castillo… Más allá del jardín es una apuesta por el detalle, por el mimo en unos fondos y animaciones exquisitas, que encuentran en su paleta de colores un aire refrescante y oscuro.  La animación contemporánea, por lo general, satura el color de sus historias, ofreciendo un estímulo llamativo y a veces precipitado en su lenguaje. Greg y Wirt se ven envueltos en la calma de una acuarela. Su caracterización recuerda a la de aquellas Silly Simphonies (1929-1939) en las que Disney exploraba la perspectiva y fluidez de la vida animada. A pesar de ello su animación y trama se vuelve igual de alocada que la historias de Hanna-Barbera. 

La combinación de verdes, grises y marrones denota cierta melancolía. La música y las canciones en la animación son recursos para aludir al alma infantil, pero en el caso que nos concierne, son pequeños poemas repletos de añoranza y aprensión. En Tome of the Unknown (2013), corto que precede a la miniserie, nos topamos con un Johnny Cash en forma de calabaza viviente, que entre punteos de guitarra marca el ritmo de pesadumbre que engloba el nudo de la trama. Y es que incluso en el explícito homenaje al filme de Judy Garland, con ciudad y recibimiento de unos munchkins si cabe aún más lisérgicos, nos topamos con un cambio drástico de la animación. La forma no interfiere en el fondo, se regala y dinamita para mostrarnos la amplitud del imaginario de McHale. Ramalazos de Disney, Ghibli o la propia Betty Boop son combinados para aportar un pequeño deleite visual y narrativo. 

El relato escala en intensidad, humor y fantasía para frenar en seco un epílogo final necesario y completo. Beatriz ya no es musa, la transformaron en pájaro azulejo. Toto es ahora una rana sin nombre. Y finalmente el invierno arropa el bosque convirtiéndolo en el lugar más alejado de la luz, como el infierno dantesco en el que el Diablo se recoge lejos del calor de Dios. Metáfora tras metáfora, vivimos una historia ya contada desde una perspectiva única. Greg y Wirt nos demuestran que más allá del cementerio solo hay un camino hacia lo correcto: la valentía.

Álvaro Pérez Fernández

 

 

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