SPIDER-MAN: HOMECOMING

Vitalidad adolescente

Resulta curioso que este año se hayan estrenado dos películas prácticamente iguales pero ante las que la crítica se ha posicionado de manera totalmente distinta. La primera se trata de Power Rangers (2017), una cinta ligada a aquella serie de los 90 producida por Saban Entertaiment que resultaba ser un calco de un género ya saturado en tierras niponas: el super sentai. Una serie de televisión basada en héroes juveniles ataviados con una colorida armadura y en los que recae el deber de proteger a toda la galaxia, todo ello amenizado con monstruos de plastilina y robots gigantes llamados megazords. Quizás la calidad técnica de dicho producto brillara por su ausencia, pero es irrefutable que algo tendrá para llevar emitiéndose ininterrumpidamente en Japón desde 1971. El disfrute se defiende con un producto absurdo y llamativo que vive con en el único propósito de vender figuras de acción. Pero la estrategia de Saban Entertaiment fue trasladarlo en plena era grunge a Estados Unidos. La serie fue todo un éxito. Veinte años después el director Dean Israelite, en plena era superheroica, tuvo el deber de resucitar la franquicia a través de una película que entiende su absurdo propósito y encontraba su entidad en cintas como El club de los cinco (1985). Y es curioso porque si en algo se caracteriza el nuevo reebot del trepamuros más osado es en estar ligada a ese espíritu adolescente y de compañerismo que marcó otra película de John Hughes, Todo en un día (1986). En este caso Spider-Man: Homecoming (2017) encuentra en el mismo sentimiento una faceta mucho más colorida y punk que la cinta de Israelite haciendo referencias explícitas a la película de Hughes.  Y es que tanto los rangers como Spidey tienen en sus filmes cierto aire de agradecimiento y reverencia, a su generación, a su historia. En este caso la cinta del lanzarredes explora por primera vez en su sexta incursión cinematográfica el espíritu adolescente. Peter Parker tiene 15 años y ni Mary Jane ni Gwen Stacy parecen estar cerca, pues todo comienza con el baile de primavera y el primer fracaso sentimental de Parker: Liz Allen.

 

 

Y es que esto va de niños, niños que deben ser hombres, niños que quieren ser superhéroes, héroes que se convierten en Spider-Man. Resulta difícil triunfar en la escuela y defender Manhattan siendo un chico de Queens preocupado por actividades extraescolares, amigos y una tía May demasiado joven a la que los vecinos se rifan. Jon Watts acopla a este nuevo Peter Parker, interpretado excelentemente por Tom Holland, a una nueva etapa extraída directamente de los cómics de Miles Morales (el heredero de Spider-Man tras la muerte y posterior resurrección de Parker en las grapas) en la que el trepamuros desvela de manera ingenua su identidad a sus seres queridos. Una gran familia acompaña a este nuevo Parker, apoyando y sufriendo codo con codo la madurez del protagonista. Y es que estos Goonies liderados por Parker cuentan con un perfecto Sloth en forma de Iron-Man, que les defiende en las circunstancias más delicadas. Es divertido y refrescante ver a nuestro amigo y vecino actuando de manera inocente, ya sea bajando gatitos de los árboles o ayudando a señoras a llevar la compra. Pero como acostumbra la marca Parker, todo lo que toca decae en desastre. Planos generales siguen a un Spider-Man que no disfruta la gran ciudad para columpiarse, sino a uno que maldice por tener que correr por el césped. El miedo a las alturas sigue latente en sus piernas, aún no está acostumbrado a la agilidad que Garfield y Maguire sostenían en sus propias películas como lanzarredes.

 

 

Marvel Studios integra con eficacia un reinicio encubierto dentro de su propio universo cinematográfico, y es que Homecoming es el inicio de un nuevo rumbo tras lo que será el fin de los clásicos Vengadores en la futura Guerra del Infinito ¿Veremos a Spidey liderando a los Vengadores? Por lo pronto le toca enfrentarse a un Buitre interpretado por un soberbio Michael Keaton, un villano que también renueva la tela de araña ante un Parker que siquiera sabe hablar con la chica que le gusta. Un antagonista digno del trepamuros con motivaciones más allá de la codicia que ostentaba como ladrón en las viñetas. Y súbitamente suenan los Ramones, nos reímos y todo se acelera o se vuelve terriblemente lento. El ritmo y sentido de la acción siguen siendo el reino que hace 15 años Sam Raimi hizo suyo y que desgraciadamente no encuentra competidor para su versión de Spider-Man.  Y aunque la historia no se detiene en presentarnos explícitamente a Parker, todo un acierto tras el segundo reboot en menos de 15 años, la trama se vuelve demasiado previsible a falta de un clímax final que deja un buen sabor de boca. Si comparamos Spider-man: Homecoming con el resto de películas superheroicas estrenadas en 2017 seguramente quedará en segunda fila tras éxitos como Logan con un ambiente maduro y caracter de neowestern o una ejemplar y feminista Wonder Woman. Pero al igual que Power Rangers, que por desgracia no sobrevivirá más allá de la cinta estrenada, Homecoming se vuelve un placer culpable que, aunque no defiende ningún subtexto fresco, celebra la vitalidad adolescente para alcanzar a nuevas generaciones. 

 

Álvaro Pérez Fernández


Spider-Man: Homecoming (EEUU)

Dirección: Jon Watts / Guion: Jonathan Goldstein, John Francis Daley, Jon Watts, Christopher Ford, Chris McKenna, Erik Sommers  / Producción: Kevin Feige, Amy Pascal / Música: Michael Giacchino Fotografía: Salvatore Totino / Montaje: Debbie Berman, Dan  Lebental/ Diseño de producción: Oliver Scholl / Reparto: Tom Holland, Marisa Tomei, Robert Downey Jr., Michael Keaton, Jon Favreau, Zendaya, Donald Glover, Jacob Batalon, Laura Harrier, Tony Revolori

 

 

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