BOJACK HORSEMAN

Maniobras de escapismo

Lisa Hanawalt (California, 1983) es una ilustradora y dibujante de cómics. Entre sus diferentes trabajos, combina ilustraciones de portadas de libros con animación de vídeos musicales o el desarrollo de la forma y el fondo de sus propios comic-books, así como colaboraciones como viñetista e ilustradora en diferentes publicaciones como The New York Times o Vice Magazine. Con un estilo desbordante, vuelca su personalidad obsesiva desde el humor y la (auto)parodia, gracias a lo que logra unos resultados que provocan una risa nerviosa que nace del estupor, cuando no un cierto desasosiego existencial, reflejo directo de su personalidad, que tiende a la neurosis.

Co-productora del podcast Baby Geniuses junto a la humorista Emily Heller, su trabajo más importante en el mundo de la animación lo ha desarrollado junto a su compañero de instituto, Raphael Bob-Waksberg, quien incluyó algunos de sus diseños de caballos antropomórficos -un animal que para ella supone una auténtica obsesión- en los pitchs que dio para vender su proyecto, BoJack Horseman, a alguna cadena de televisión. Desde 2014, tras la compra por parte de Netflix, Hanawalt se ha convertido en la productora y diseñadora de producción del apartado de animación de la serie, que actualmente cuenta con tres temporadas emitidas y está a punto de estrenar la cuarta, que llegará a la plataforma de streaming el 8 de septiembre de este año.

Hanawalt afirma que sólo trabaja en proyectos en los que se siente completamente implicada, y BoJack Horseman no parece una excepción, pues, aunque el showrunner sea su antiguo compañero de clase, se podría decir que la serie le pertenece a ambos a partes iguales. Tratándose de una ficción basada principalmente en la trama -a diferencia de productos como Hora de aventuras (2010-2018) o Historias corrientes (2010-2017), cuyo mayor aliciente es el juego con las formas y el gag visual-, podría pensarse que esta es una obra que coloca a la animación en un segundo plano, como una mera acompañante del guión. Y, aunque es cierto que lo que mayor protagonismo posee es el retrato satírico de Hollywood y la evolución tragicómica de los personajes que pueblan este barrio de Los Ángeles, se cometería una injusticia si se asegurara que el aparato formal de BoJack Horseman es convencional.

Numerosas ideas visuales procedentes de una mente tan creativa como la de Hanawalt se filtran en el diseño de los personajes y los escenarios de BoJack Horseman. La característica que antes llama la atención del público es el hecho de que este universo esté habitado por humanos que conviven en igualdad de condiciones con todo tipo de animales antropomórficos, capaces de comunicarse mediante lenguaje verbal. Esta condición da pie a un juego constante con la apariencia física y el comportamiento de los animales, quienes, a pesar de presentar un comportamiento cívico, muestran rasgos de su esencia animal, lo que provoca situaciones tales como que el protagonista relinche cuando tiene un orgasmo o que la representante de este, una gata persa de color rosa, juegue con un rascador mientras habla por teléfono o caiga siempre de pie.

Esta situación es, de hecho, el punto de partida para buena parte del humor de esta serie. Más allá del desarrollo de la trama y de la cascada de gags verbales, otro tipo de humor, en segundo plano, que en muchas ocasiones pasa desapercibido, se desglosa en cada uno de los planos de la serie. Si bien la construcción de los escenarios opta por el minimalismo en la representación y se aleja del realismo, estos están llenos de pequeños detalles, muchos de ellos chistes sutiles por contraste -una cucaracha, símbolo de suciedad en la cocina, puede ser la cocinera de una cafetería-, por analogía -múltiples gags relacionados con la reinterpretación de obras de arte, como con el Olympia de Manet o El beso de Gustav Klimt- o por lógica aplastante -una oveja jardinera se come la hierba que está segando-. El objetivo es crear un universo que represente la realidad -el lado oscuro de Hollywood- desde la irrealidad, y que se apoye en la comedia para desgranar un mundo deprimente.

A esto se suma la paleta de color, luminosa y cargada de colores primarios y secundarios -días dominados por el amarillo y el azul claro; noches en las que el violeta y el azul oscuro toman el protagonismo- y la propia animación de los personajes. Si, de por sí, hay un cierto aire feísta en el diseño de los cuerpos, con momentos que alcanzan lo grotesco, especial mención requieren los movimientos de estos, que los terminan de alejar de cualquier posibilidad de realismo. Estos cuerpos, que son dibujados en dos dimensiones, son animados de tal forma que sus movimientos sean poco naturales, hasta el punto de que recuerdan a los libros móviles o articulados infantiles, aquellos que presentan lengüetas de las que tirar para provocar el movimiento de partes de los dibujos que aparecen en la publicación. Este mecanismo, que permite la animación de estos fragmentos de cartón, pero con el peaje inevitable de que dichos movimientos sean tremendamente limitados, permite el movimiento, por separado, de piernas, brazos u otras partes del cuerpo. Como si Lisa Hanawalt hubiera tomado como influencia directa este mecanismo animador, sus personajes se mueven de manera similar, lo que les aporta un aire todavía más decadente, y, por si fuera poco, en cierta manera los hermana, más de lo que en principio se pudiera pensar, con el tipo de movimientos que caracteriza a la serie South Park.

Pero las inquietudes de Hanawalt no terminan aquí. Puesto que, en este caso, la animación debe ceñirse a las necesidades de la historia, esta vive ciertamente constreñida, incapaz de desarrollarse en toda su esencia. Esta condición provoca que, a la mínima, se vivan estallidos de protagonismo animador. A lo largo de las tres temporadas de BoJack Horseman se juega constantemente con las posibilidades de la animación, como es el caso del chiste que cuenta Wanda sobre los sacos de abono en la segunda temporada, en el que la animación adopta la estética del story-book, o la ensoñación impresionista que vive Princess Carolyn cuando se queda admirando un cuadro en cuyo paisaje querría vivir.

Sin embargo, los momentos más destacables de esta serie se viven cuando un capítulo entero es dedicado a la experimentación con las formas de la animación. Es el caso del episodio 11 de la primera temporada, en el que BoJack, su amigo Todd y su antigua compañera de reparto, Sarah Lynn, consumen ingentes cantidades de droga para escribir un libro en una noche, lo que da pie a una ametralladora de formatos animadores que van desde el juego con la acuarela hasta la experimentación con el trazo de los personajes, que termina con una referencia directa a la estética de Peanuts (Snoopy). Por el camino, un viaje lisérgico por el subconsciente del protagonista, lo que permite conocer detalles sobre los aspectos de su infancia que marcaron su vida. No tan radical en la puesta en escena, pero igual de extremo en la investigación formal, es el episodio 4 de la tercera temporada, en el que BoJack acude a un festival de cine que tiene lugar en el fondo del mar, lo que da lugar al desarrollo de una trama que se vale exclusivamente de la capacidad para transmitir ideas mediante la imagen, pues los diálogos quedan fuera de la ecuación. Este episodio es una referencia directa al cine mudo cómico, el de Buster Keaton o Charles Chaplin, y en él los golpes, equívocos y persecuciones vertebran el desarrollo de una esquemática trama que da pie a la ampliación de la paleta cromática y la experimentación con las texturas submarinas. Por último, el tercer gran capítulo en el apartado de la animación es el penúltimo de la tercera temporada, en el que las drogas vuelven a ser determinantes en la acción, esta vez para jugar con el tratamiento del tiempo -concretamente, la elipsis como elemento cómico-, a la vez que para mostrar los límites de decadencia a los que el protagonista y su compañera Sarah Lynn son capaces de llegar. En una serie que se encuentra en constante diálogo entre forma y fondo, estos ejercicios formales no deberían entenderse como salidas de tono sino como explosiones creativas al servicio de una historia desoladora que transcurre en la fábrica de los sueños.

Retratar Hollywood como un nido de víboras es ya un lugar común en la ficción cinematográfica y televisiva. Disertar acerca del desenfreno de las vidas que habitan este distrito angelino es el pan narrativo de cada día. Las historias que hablan sobre el mundo del cine y de las series son tan habituales como cualquier género cinematográfico al uso. Lo habitual es hablar sobre estos asuntos desde el cliché; lo meritorio es hacerlo con conocimiento de causa, desde el cariño -que no indulgencia- hacia los personajes y con la capacidad para traspasar barreras de representación. BoJack Horseman pertenece a este segundo grupo, y por ello la animación no queda huérfana de planteamientos de fondo que desarrollar, sino que, más bien al contrario, esta se convierte en la impulsora de un retrato cínico, mezquino e incluso grotesco de lo que supone ser una estrella de Hollywood.

BoJack Horseman, quien da nombre a la serie, es un actor que en los años noventa protagonizó una sitcom que generó un éxito de masas. Después de nueve temporadas en antena, el show cerró, y, en cierta manera, la vida de BoJack terminó. Él todavía no era consciente de ello, pero más de una década después se observan las consecuencias del ascenso fulgurante y caída estrepitosa de un mito de la televisión. El caballo-actor no ha vuelto a dar un palo al agua y vive de las rentas, incapaz de comprometerse con ningún proyecto e inmerso en la autoindulgencia. Detrás de la animación, que siempre resta gravedad a cualquier asunto, por el distanciamiento frente a la realidad que genera; detrás de los gags verbales y visuales; detrás de lo delirante de las situaciones, lo que narra BoJack Horseman es el hundimiento, lento pero imparable, de una vida en el pozo de la depresión. A pesar de que esta serie destaque por el humor, lo cierto es que ante todo es un drama desolador, que llega a congelar la risa gracias a unos planteamientos llenos de realidad. Una vitalidad decadente, desangelada y deprimente, pero un retrato certero, cínico pero realista, de lo que supone ganar un estatus social de primera línea sin apenas haber hecho nada para lograrlo -BoJack se hace famoso gracias a que es amigo de un guionista que da un pelotazo-, y lo que supone posteriormente perderlo y no saber cómo adaptarse a la nueva situación.

Si se analiza la historia de BoJack Horseman, se llega a la conclusión de que la vida de su protagonista es una carrera hacia delante. Sin embargo, si se aleja el foco y se observa en conjunto, la carrera es en realidad un círculo infinito, en el que quien lo vive está condenado a repetir los mismos errores una y otra vez. BoJack es un enfermo de depresión que es demasiado cobarde para suicidarse, a pesar de que ese pensamiento pasa por su cabeza constantemente -sin necesidad de que este se haga explícito a la audiencia-. Para paliar sus ansias de sentirse amado e importante, parasita a sus allegados y se aprovecha de ellos para sacar lo que a cada momento necesita. Por el camino, una escandalosa ingesta de todo tipo de drogas define su manera de sobrellevar la monotonía y el hastío de cuando no se está en la cumbre del estrellato. BoJack es una metáfora de las miserias de este microcosmos que es Hollywood, en el que las traiciones, el ego y los estupefacientes parecen ser la única realidad.

A su vez, la serie no se limita a retratar este universo. La narración está plagada de referencias a la cultura pop, que llegan como un maremagnum hasta los espectadores, de lo más burdo a lo más sutil, hasta el punto de que habría que detener cada capítulo cada cinco segundos para asegurarse de que uno no se está perdiendo una referencia oculta o un juego de palabras, como ocurre con otra serie de Netflix, esta vez de acción real, Unbreakable Kimmy Schmidt (Tina Fey y Robert Carlock, 2015-). Por si esto fuera poco, BoJack Horseman es también un retrato del presente, que se filtra a través de roles y situaciones cotidianas de la trama, tales como el hecho de que la periodista Diane trabaje de todo menos de periodista -como escritora de biografías de terceros o como community manager de cuentas de famosos-, el retrato de una sociedad mediatizada por las redes sociales y la castrante corrección política -los episodios en los que BoJack tiene un conflicto absurdo en un noticiero sensacionalista- y la frivolidad derivada de esta -convertir un asunto como el aborto en un hit superventas- son sólo algunos ejemplos de la cruda realidad que esta serie retrata.

Con una animación virtuosa y un guion agudo, BoJack Horseman se coloca como uno de los grandes referentes de la animación serializada del presente. Con Lisa Hanawalt a los mandos del diseño de este universo, y con Raphael Bob-Waksberg dándole forma al fondo y al proyecto en su globalidad, la serie de Netflix es un petardo de mecha larga, que se toma su tiempo para explotar pero que, cuando lo hace, destroza la mano que lo sujeta gracias a un desolador retrato de lo que significa ser un juguete roto de Hollywood.

Yago Paris

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