LA PUERTA DEL CIELO

La última gran película americana

Era 1980, una nueva era cinéfila estaba en ciernes con Star Wars en pleno auge, un nuevo rumbo donde la ciencia ficción y las comedias juveniles copaban la cartelera a consecuencia de la creciente influencia de público adolescente. La ligereza narrativa ganaba la batalla popular frente a una narración clásica que se consideraba cosa del pasado, mientras el western, que llevaba una década de agonía, estaba extraoficialmente muerto. 1980 fue también el año en el que se estrenó La puerta del cielo, proyecto colosal y desbordante de ambición de uno de los directores más prestigiosos de aquella época y, a su vez, un estrepitoso fracaso económico y de crítica.

Desde hace un año, gracias a la editora La Aventura Audiovisual, podemos disfrutar por primera vez en España del director´s cut de 218 minutos restaurado –únicamente en versión original con subtítulos en castellano -, dándonos una visión más aproximada de  la idea inicial del recientemente fallecido realizador. Además, entre el contenido extra, cabe destacar un revelador y certero documental llamado Final cut: como se hizo y se deshizo la puerta del cielo. Las personas implicadas en el proyecto –desde miembros del reparto a miembros de la productora – explican los entresijos de un rodaje que hundió la célebre productora United Artists; una masterclass impartida por el propio realizador en el Festival de Locarno en 2014; la versión de 149 minutos que fue estrenada en salas; y un libreto de 64 páginas con textos de reconocidos críticos, entre otros contenidos.

La historia que rodea al film es sobradamente conocida, al menos a grandes rasgos. Un proyecto cuyo rodaje sufrió interminables retrasos, cuyo presupuesto se cuadriplicó con respecto al inicial; donde el obsesivo perfeccionismo de Michael Cimino, el cual se sentía fuerte tras el enorme éxito de El cazador (1978) – Oscar a la dirección incluido – , colmó la producción con peticiones extravagantes y costosas, conociendo en un periodo de apenas dos años, la gloria y el ostracismo. El metraje original que presentó Cimino a la United Artists duraba 5 horas y 25 min., de las cuales el propio director tuvo que reducir a 218 minutos por exigencia de la productora. Esta, no satisfecha aún con el resultado final, decidieron volver a recortarla; el producto de esta amputación es la versión de 149 miutos que, lamentablemente, fue la estrenada en salas.

La única versión comercializada durante largos años es una obra incuestionable en cuanto a su calidad, con una fotografía majestuosa, un relato sobrecogedor y fundamental de la historia de Estados Unidos conocida como la Guerra de Johnson County, una banda sonora como pocas ha conocido el cine y un reparto tan ilustre en cuanto a nombres propios como inspirado. Podemos identificarlo como western crepuscular, tiene ecos del cine de Sam Peckinpah – máximo artífice de este género en los años 70 – , pero la hondura emocional, la dimensión de los personajes o la complejidad narrativa, hace que sobrepase las fronteras de un género con unas directrices en apariencia rígidas para trascender como un pedazo – desconocido para muchos, pero no por ello menos importante – de la historia de USA.

Ya que en parámetros de calidad, poco o nada se le puede reprochar a la versión que vio la luz en 1980, los inconvenientes vienen del lado del montaje. La puerta del cielo es una obra que engloba una historia difícilmente abarcable en la duración estándar de una película. Precisa de un planteamiento holgado que logra introducir al espectador con garantías; tiene un gran número de personajes relevantes y la intención de que tengan un desarrollo dramático. A esto hay que añadir la fascinación de Cimino por dilatar las escenas, crear grandes pausas entre diálogos para que los intérpretes den vigor al texto con su lenguaje gestual, en su implacable búsqueda de la excelencia. Reducir esto a 149 minutos es, lógicamente, insuficiente. Es una obra arrítmica, donde conviven secuencias de ritmo sosegado, incluso poético, con escenas atropelladas de corte brusco, como el confuso y efímero desenlace. Transmite, además, un cierto caos narrativo, donde un espectador conocedor de la intra historia de esta producción no dejará de pensar en cada secuencia sobre el metraje desaparecido, haciendo un ejercicio imaginario de recomposición y que impide disfrutar de lo que es por lo que podría haber sido.

El montaje de 219 minutos brinda a la obra un valor añadido. El diferente orden cronológico de ciertas secuencias es el mayor aporte desde el punto de vista narrativo, alterando sustancialmente la manera en que concebimos el relato. El trío amoroso formado por los personajes interpretados por Kris Kristofferson, Isabelle Huppert y Christopher Walken se vuelve más vivo y complejo, en especial, la relación entre los dos últimos adquiere un cariz que antes solo se intuía. Otra buena noticia es la mayor relevancia de algunos personajes que el anterior montaje había maltratado con especial inquina, relegándolos a la indiferencia del espectador, como es el caso de Jeff Bridges y Christopher Walken. Este último, en concreto, adquiere una humanidad que la anterior versión apenas se esforzaba en transmitir, donde solo veíamos a un villano redimido.

Es cierto que el ritmo sigue sufriendo ciertos altibajos, producto de ser un trabajo pensado y rodado para contar con una mayor duración, pero consigue mitigar ese hándicap de forma notable teniendo en cuenta que el metraje añadido respecto a la primera versión no supera los 70 minutos. Apenas hay un par de escenas inéditas – casi siempre con Jeff Bridges y su bar de fondo – , ya que el material incorporado es utilizado para rellenar los huecos y armonizar el conjunto, alargando la mayor parte de las escenas ya existentes.

En la memoria colectiva, La puerta del cielo pervivirá como una obra maldita. Un exceso de ambición de un director que creía poder hacer el western definitivo con un relato sumamente crítico con su país; un aviso a las productoras sobre los peligros de otorgar demasiada libertad a sus realizadores; y un dato numérico, 44 millones de dólares de coste y 3´5 millones de recaudación en taquilla. Pero, ¿estas afirmaciones justifican el inapelable rechazo del público y, lo que es más preocupante, de crítica? Surge la tentación de culpar de todos los males al montaje reducido por la propia productora pero – obviando que a pesar de ello era una gran obra en absoluto merecedora de tal trato – resulta que la primera versión estrenada en Nueva York fue la de 219 minutos y fue, por motivo de su nefasta acogida, por lo que se recurrió a la primera.

Quizás podemos hallar algunas respuestas tomando distancia con la propia película y observando elementos externos. Como ya se ha mencionado, el western era un género en peligro de extinción, y si a esta circunstancia le unimos una narrativa densa y pausada donde los diálogos opacan la acción, puede que no fueran los ingredientes predilectos del espectador medio de la época. Aunque, quizás el mayor pecado de la película de Cimino no resida en la forma de contar la historia, sino en la propia historia. En El cazador (su obra de mayor prestigio) elaboraba un alegato antibelicista, en concreto, contra la Guerra de Vietnam. Era una crítica abierta hacia los dirigentes de USA pero, en definitiva, una crítica ya existente en la propia sociedad norteamericana desde hacía años.

En cambio, La masacre de Johnson County es un suceso oscuro de la historia estadounidense que el ciudadano norteamericano no conoce ni quiere conocer. Michael Cimino rodó el reverso tenebroso de La conquista del oeste (Hathaway, Ford, Marshall y Thorpe, 1962) ofreciendo una muestra de la sangre derramada por los miles de inmigrantes que fueron en busca del sueño americano y, para ellos, se tornó en pesadilla. Los vencedores escriben la historia, y ese es el motivo por el que relatos como este o como el genocidio de los nativos americanos no son llevados a la gran pantalla con rigor histórico. El director de Manhattan sur (1985) expuso los hechos sin paliativos, inculpando como cómplice al gobierno, en un relato demasiado cruel para poder ser asumido como parte del pasado del glorioso imperio americano, donde la esperanza es un error de juventud que desaparece cuando se toma contacto con la realidad.

Porque, en términos estrictamente cinematográficos, La puerta del cielo es una obra magna, imperfecta en sí misma, pero con un magnetismo difícil de encontrar en el cine e imposible de describir con palabras. La irregularidad de la que ha sido acusada puede deberse a que es una película de momentos concretos, con escenas que se elevan sobre el conjunto y quedan grabadas en la mente. El vals de los estudiantes de Oxford, la llegada de Averill a Casper (Wyoming), el primer encuentro entre Averill y Ella, el baile sobre patines o la anécdota del zorro y la lengua en la cabaña de Champion; son algunas de las maravillosas escenas que, sin tener un peso argumentativo sustancial, encumbran la película hacia la excelencia. El título original del film, Heaven´s Gate, hace referencia al lugar donde los habitantes de Johnson County, extranjeros casi en su totalidad, se reúnen. Se sienten parte de un país forjado por inmigrantes desde sus inicios, pero que ahora, en un ejercicio de suma hipocresía, los poderosos cierran las puertas a estos expatriados, negándoles el derecho de establecerse allí del que ellos sí dispusieron.

La nostalgia impregna cada plano. La música nos conduce al ocaso de un mundo que jamás volverá. Es el punto y final en muchos aspectos. Describe los últimos días del oeste, esa forma de vida libre y salvaje de los pioneros que fue desapareciendo a medida que se expandía el poder de los terratenientes. También es el final de aquel sueño llamado América, aquel lugar donde sin importar tu procedencia todas las personas tenían las mismas oportunidades de prosperar. Es el final de uno de los directores que prometía marcar un antes y un después en el celuloide y que, a pesar de un innegable talento, nunca volvió a contar con la confianza de un gran estudio. Y, por último, es el final de una forma de entender el cine, donde los personajes viven a través del relato, el cual les hace evolucionar, no por continuos golpes de efecto, sino dentro de una narración al servicio de una historia.

El cine también es una industria donde, frecuentemente, colisiona la calidad artística con el ánimo de lucro. Cimino no pudo o no quiso entenderlo y, con su temprana caída en desgracia, nos privó de grandes proyectos futuros que se quedaron en papel mojado. Pero sus trabajos permanecerán y, en especial, el film que nos ocupa, el cual todavía no ha dicho la última palabra en esto del cine. Quizás, nunca sepamos el verdadero potencial de esta insaciable producción, ya que parte de su esencia se quedó en la sala de montaje. Quizás, solo rasquemos la superficie de lo que podría haber sido. Quizás, no vuelva a hacerse una película como La puerta del cielo

                                                                                                            Ricardo Barbé


La puerta del cielo (Heaven´s Gate, Estados Unidos)

Dirección: Michael Cimino / Guion: Michael Cimino / Producción: Joann Carelli / Música: David Mansfield / Fotografía: Vilmos Zsigmond / Montaje: Lisa Fruchtman / Reparto: Kris Kristofferson, Isabelle Huppert, Christopher Walken, Jeff Bridges, John Hurt, Sam Waterston, Mickey Rourke, David Mansfield, Terry O´Quinn y Joseph Cotten.

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