GEORGE A. ROMERO (1940-2017)

GEORGE A. ROMERO: UN REPASO A LA FILMOGRAFÍA MÁS INFLUYENTE DEL CINE DE TERROR

George Andrew Romero ha fallecido a los 77 años. Un cáncer de pulmón nos ha arrebatado a uno de los directores más importantes de la historia del cine, y no hablamos solo del cine de terror. Ha muerto rodeado por su familia mientras escuchaba la banda sonora de El hombre tranquilo (John Ford, 1952).

La carrera de George A. Romero siempre estará ligada al concepto del zombie tal y como lo conocemos actualmente. Su primera película, La noche de los muertos vivientes (1968), dejó atrás a los autómatas vudús de La legión de los hombres sin alma (Victor Halperin, 1932) y Yo anduve con un zombi (Jacques Tourneur, 1943) para redefinir al muerto viviente de una manera más visceral y agresiva. El zombie romeriano se presenta como un muerto resucitado que, aunque conserva inconscientemente algunos elementos de su vida anterior, solo se mueve por el impulso animal de saciar su hambre. Y lo hace comiendo carne humana. No solo cerebros, una característica añadida posteriormente por la destacable parodia El regreso de los muertos vivientes (Dan O’Bannon, 1985) y sus secuelas. El renacido se convierte en un caníbal sin raciocinio, cegado por el instinto de alimentarse, hasta el punto de chocar durante meses enteros contra la misma puerta cerrada. Compensando su torpeza, su punto fuerte es que es un ser persistente, y aunque uno solo puede ser fácilmente esquivado, cuando se acumulan cientos (o miles) no hay barreras que les frenen. El zombie es incansable pero, eso sí, NO corre. Por mucho que se empeñaran las películas de infectados 28 días después (Danny Boyle, 2002) y Resident Evil (Paul W.S. Anderson, 2002 –película para la que Romero escribió un guion que finalmente fue rechazado), que tienen más puntos en común con otra película de Romero de la que hablaremos más adelante, Los Crazies (1973). Además, si te muerden, pasas a ser uno de ellos. Esta característica, de origen claramente vampírico, tiene mucho que ver con la inspiración de Romero y John A. Russo (coguionista) para construir La noche de los muertos vivientes, que no fue otra que la novela de Richard Matheson Soy leyenda (1954). En ella un solitario hombre tenía que resistir desde su casa a un ejército de vampiros entre los que se encontraban sus antiguos vecinos y amigos. Por último, las reglas del muerto viviente incluyen la forma de eliminarlos. Si a los hombres lobo les mata una bala de plata y a los vampiros una estaca de madera clavada en el corazón (entre otras cosas), para neutralizar a un zombie tienes que destruir su cerebro. Es la única manera. Actualmente, producciones como The Walking Dead (Robert Kirkman, 2010-) siguen respetando estas reglas (cosa que no quita que Romero odiase la serie por otras razones) pero, tal y como hizo Romero con el zombi vudú, su zombie va perdiendo peso en el siglo XXI frente a los runners “infectados”.

Pero el cine zombie de Romero va más allá. Como tantos críticos han destacado (desde Cahiers du cinéma hasta Roger Ebert), la saga “of the dead” no son simples películas de terror y casquería. Siempre han tenido un trasfondo de denuncia social. La noche de los muertos vivientes tenía como héroe protagonista a un afroamericano (recordemos que estamos hablando de finales de los 60). En Zombi (Dawn of the dead, 1978) se denunciaba la sociedad de consumo, con los muertos acudiendo como borregos a un centro comercial. El día de los muertos (1985) enfrentaba a científicos y militares, dejando a éstos últimos como unos brutos sin conocimiento. La desigualdad de clases se evidenciaba, como en el Rascacielos de J.G. Ballard (1975), en el edificio de La tierra de los muertos (2005), y El diario de los muertos (2007) hacía una clara alusión a las técnicas carroñeras de los medios de comunicación. Romero creó uno de los monstruos más importantes e influyentes de la historia solo para usarlo como distracción, o en algunos casos como metáfora. Para él, los zombies eran un desastre natural como pudieran serlo un terremoto o un tornado. El principal villano de sus películas era el propio ser humano. En sus películas los humanos se traicionan, discuten, abusan del débil, roban, son violentos, imponen sus ideas por la fuerza, torturan a su enemigo e incluso se asesinan entre ellos por venganza, envidia u odio. En cambio el zombie se va “humanizando” con el paso de los filmes, adoptando comportamientos inteligentes y de grupo e incluso aprendiendo a comunicarse. Tan es así que los personajes recordados con más cariño de El día de los muertos y La tierra de los muertos son Bub (un zombie con el que experimentan en la base militar) y Big Daddy (el líder zombie que enseña a sus compañeros a usar armas de fuego), respectivamente.

En todo caso, si obviásemos la doble trilogía “de los muertos”, la carrera de Romero como cineasta de terror también sería destacada. Creepshow (1982) quizá sea la más recordada por los fans por ser un proyecto a cuatro manos entre Romero y Stephen King. Los 5 episodios del filme contaron con los efectos especiales de Tom Savini, otra figura clave en la carrera de Romero como especialista, maquillador y actor (Savini dirigió además en 1990 el remake de La noche de los muertos vivientes). Homenajeando a los cómics pulp de los años 50 de la editorial EC Cómics, la película se convirtió en todo un éxito que propició una serie (Tales from the darkside, 1983-87, con Romero dirigiendo, escribiendo y produciendo) y una secuela (Creepshow 2, Michael Gornick, 1987, guion de King y Romero). Romero dirigió también en 1993 La mitad oscura, adaptando nuevamente a Stephen King.

Además de Stephen King y Tom Savini, hay otro maestro del terror que ha sido muy importante en la filmografía de George A. Romero: Dario Argento. El cineasta italiano colaboró con Romero produciendo y editando la versión europea de Zombi (a la que además le añadió banda sonora de su grupo fetiche, Goblin) y juntos dirigieron Los ojos del diablo (1990), adaptando sendos relatos de Edgar Allan Poe.

Existen además dos películas “de tapadillo” que los seguidores más fieles del director reivindican entre sus mejores: Los Crazies (1973) y Martin (1977). La primera tiene elementos que han sido repetidos hasta la saciedad en infinidad de películas posteriores. Un extraño virus convierte a la población de una pequeña ciudad en seres extremadamente violentos y salvajes. El gobierno pone en cuarentena la zona, dejando a los supervivientes luchando por sobrevivir entre los infectados y los militares. Un claro precedente de películas como 28 días después que tuvo un remake en 2010 (The Crazies, Breck Eisner). En Martin, Romero se alejaba del gore para tratar el vampirismo como una enfermedad mental en una cinta de corte más autoral y transcendente.

En el resto de su filmografía, por orden cronológico, nos encontramos con el melodrama There’s always vanilla (1971), La estación de la bruja (1972), cuya producción se vio afectada por problemas de presupuesto y de montaje, Los caballeros de la moto (1981), protagonizada por Ed Harris, Atracción diabólica (1988), mejor director, guion, actriz y premio de la crítica en el Festival de Sitges y su última película antes de acometer la segunda trilogía “de los muertos”, El rostro de la venganza (2000).

La muerte de George A. Romero pone fin a una filmografía que, a pesar de estar estancada desde 2009, aún daba signos de vida. En el pasado festival de Cannes se movió por los mercados Road of the dead, película en la que iba a ejercer de productor. Tenía además la intención de firmar otros dos spin-offs de El diario de los muertos (el primero fue La resistencia de los muertos, 2009, su último y más flojo filme) y la adaptación a serie televisiva del cómic que creó para Marvel en 2014, Empire of the dead.

La influencia del director es capital para comprender el cine (y las series, los videojuegos, los cómics, etc.) de terror moderno y a sus autores, desde John Carpenter, Tobe Hopper, Sam Raimi y Lucio Fulci hasta Peter Jackson, Zack Snyder, James Gunn, Edgar Wright y Quentin Tarantino.

Descanse en paz.

Fran Chico


Ante la muerte de un figura de la relevancia de George A. Romero, lo más probable es que durante las próximas semanas la red se inunde de multitud de textos reivindicando su importancia y alabando su obra. Como, a la hora del funeral, los elogios salen baratos, se hablará de sus grandes éxitos y se obviarán los fracasos. Puede que sea la estrategia más respetuosa, pero no creo que sea la más coherente puestos a hablar de Romero, un director cuyas principales señas de identidad eran la claridad y la incorrección política. Su cine raras veces ha destacado por la sutileza, más bien al contrario, cuando el director de Zombi quería hablar de algo, lo hacía sin tapujos. Sus películas no son perfectas, pero hablan un lenguaje universal, valiente y sencillo. Son estas cualidades lo más importante que hemos perdido esta madrugada: las de un autor que se valió del género como forma de indagar en el ser humano y sus miserias, usándolo como vehículo pero nunca como subterfugio. Esperemos que alguien recoja el testigo.

Pablo López

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