CASTLEVANIA (1ª TEMPORADA)

Crisis de identidad

Iniciada por Konami en 1986, la saga de videojuegos de Castlevania es, además de una de las más longevas franquicias del medio, uno de los pilares de su historia. A través de innumerables plataformas (desde los 8 bits a la actualidad), la serie ha ido evolucionando sustancialmente, en ocasiones marcando el camino para el resto de desarrolladoras, en otras apuntándose a las modas de su época, pero siempre manteniendo un mundo común y una base muy sencilla: la lucha de un héroe contra Drácula y sus esbirros. Esta incesante lucha entre el bien y el mal ha dejado títulos tan notables como Super Castlevania IV (1991), Castlevania: Rondo of Blood (1993), Castlevania: Simphony of the Night (1997) y Castlevania: Lords of Shadow (2010). Ahora, tras años de especulaciones y proyectos frustrados, Netflix estrena una serie de animación sobre el universo de la saga, escrita por el conocido guionista de cómics Warren Ellis (Transmetropolitan, The Authority, Planetary).

Lo primero que llama la atención de esta primera temporada (aparte de su brevedad, solo 4 capítulos de 23 minutos) es que la saga de videojuegos se ha usado solo como referente lejano. Ellis recupera algunos de los personajes principales (Trevor Belmont, Alucard y, obviamente, Drácula), mantiene algunas conexiones argumentales de los juegos y poco más. El resto es puro Warren Ellis, repleto de violencia, ambigüedad moral y un cinismo un tanto adolescente. Todo muy lejos de la inocencia narrativa de Super Castlevania IV o el barroquismo en los diálogos de Rondo of Blood y Simphony of the Night. Curiosamente, aunque los guiones fueron escritos hace ya una década, antes de que el proyecto quedase en el limbo durante años, es fácil encontrar paralelismos con Lords of Shadow (que, recordemos, no vio la luz hasta 2010), especialmente la construcción del héroe traicionado y la presentación de la Iglesia como una entidad lejos de lo benévolo. Es comprensible que Ellis se haya llevado a su terreno una narración que, en líneas generales, siempre ha destacado por una cierta ingenuidad (algo que tiene mala cabida en los tiempos que vivimos), cuando no directamente por ajustarse a los parámetros del anime más industrial (como sucedía en todos los juegos de la saga directamente influidos por Simphony of the Night). Que el conjunto sepa más a Warren Ellis que a Castlevania puede resultar decepcionante para los fans más acérrimos de la saga, pero es algo inevitable y, probablemente, enriquecedor.

Sin embargo, menos razonable resulta la distancia estética entre la serie y los videojuegos: cuesta mucho ver algo de Castlevania en la serie que emite Netflix. Sam Deats, el director, ha ignorado totalmente referentes de los primeros juegos como, por ejemplo, la capacidad para construir una realidad pesadillesca del expresionismo alemán. En su lugar, ha preferido tomar el estilo anime de posteriores títulos para luego americanizarlo totalmente. El resultado es un híbrido un tanto impersonal: mientras el diseño de fondos bebe más de los juegos y también de Vampire Hunter D (una serie de novelas de Hideyuki Kikuchi, ilustradas por el famoso Yoshitaka Amano, en las que se encuentra el germen de Castlevania), el trabajo de personajes, poco estilizados y coloreados por ordenador, parece recién salido de una versión tenebrosa de Avatar, the Last Airbender (Michael Dante y Bryan Konietzko, 2005-2008). Si a esto se le suma una animación bastante discreta -valga de ejemplo el combate al final del cuarto capítulo, donde se hace muy evidente el uso de animación limitada, lejos de la fluidez y elegancia de la antes mencionada Avatar- y una planificación llena de lugares comunes, el resultado visual se convierte en una oportunidad perdida.

Pero la gran decepción la encontramos en el apartado musical, una de las razones principales del éxito de la saga, aquí convertido en el habitual colchón sonoro. Toda una pena, teniendo en cuenta el riquísimo legado musical con el que contaban: composiciones como las de Masanori Adachi y Taro Kudo para Super Castlevania IV u Óscar Araujo para Lords of Shadow se encuentran entre las más notables de la historia del videojuego. En su lugar, el compositor Trevor Morris queda aquí relegado a un segundo plano, sin otra capacidad que la de acompañar servilmente las imágenes y romper el temido silencio. Nada nuevo, por otro lado, teniendo en cuenta la apatía y el desinterés con el que se trata al músico en buena parte del audiovisual estadounidense contemporáneo.

A pesar de todo esto, resulta difícil atacar a Castlevania. Incluso si no sientes demasiado aprecio por el trabajo de Warren Ellis (la estrella indiscutible de la función) o si llegas a la serie como fan de los juegos, el resultado se mantiene siempre en el terreno de lo digno. Es cierto que tiene poco de la franquicia en la que se inspira, pero resulta interesante ver como Ellis la ha convertido en lo que, probablemente, le interesaba de verdad: un anime al estilo de los años 70, de atmosfera tenebrosa y lleno de violencia explícita. Gracias a esto, a su sencillez y su falta de pretensiones, Castlevania resulta un aperitivo agradable de cara a la segunda temporada, ya anunciada y que promete ser el verdadero plato fuerte.

Pablo López


Castlevania (Estados Unidos)

Dirección: Sam Deats / Guion: Warren Ellis / Producción: Jason Williams y Brad Graeber / Música: Trevor Morris /

Reparto: Richard Armitage, Alejandra Reynoso, James Callis, Graham McTavish, Tony Amendola, Matt Frewer

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