EL IMPERIO DE LAS SOMBRAS

El esplendor del sur

El thriller de las últimas dos décadas tiene una gran deuda pendiente con Corea del Sur. Debido al auge de una de las cinematografías más notables del siglo XXI, este género ha sido agraciado con obras de una calidad notable y han gozado de una popularidad “in crescendo” en todo el mundo. Autores como Park Chan-wook (Oldboy, 2003), Bong Joon-ho (Memories of Murder, 2003) o el propio Kim Jee-woon (Encontré al diablo, 2010) se han acreditado por su gran aportación a esta categoría y ha dejado registrado el “thriller coreano” como una marca identificable y de referencia para los amantes de este tipo de cine. Son trabajos con una gran factura técnica, una narrativa que consta de distintas capas y temáticas complejas, con un estudio psicológico pormenorizado de sus personajes y una violencia física y palpable.

Con El imperio de las sombras se da otro paso firme hacia el afianzamiento de este género, con una historia de espionaje de corte clásico, donde se detecta un aumento de influencias del cine occidental, tomando referencias del cine americano de los 70 y dosificando la brutalidad y la ironía tan propias de este director y de sus homólogos compatriotas. La primera parte del film es un denso y desafiante entramado de relaciones y traiciones que, a cocción lenta, nos presenta una época agitada y oscura de la historia reciente de Corea.

Estamos a finales de los años 20, durante el periodo de la ocupación japonesa, y nos encontramos en una lucha enmascarada entre los invasores y la resistencia; en medio de ellos, un policía coreano que trabaja a las órdenes del enemigo. Dilema tan primigenio como la elección entre sentimientos y deber, entre patria y trabajo, que cobra especial interés en el personaje central interpretado por el actor Song Kang-ho, que destaca por estar construido de una forma que no busca la inmediata complicidad con el espectador, sino que se va moviendo en una delgada línea entre dos frentes mientras la batalla se libra a su paso. A  caballo entre Seúl y Shanghai, la intriga alza el vuelo por encima de otras gracias a su complejidad moral, en donde los personajes son piezas al servicio de un propósito superior. En el ecuador de la película se desarrolla una de las escenas claves a bordo de un tren, que, además de un ejemplo de cómo dilatar y mantener la tensión narrativa, sirve como detonante de la explosión que veremos en el último acto del filme.

Kim Jee-woon se ha convertido en uno de los directores coreanos de referencia en los últimos diez años. Con A Bittersweet Life (2005) obtuvo gran notoriedad y dejó patente varias señas de identidad que se mantendrían en sus posteriores trabajos: una brusca y fría visualización de la violencia y un humor negrísimo dosificado con cuentagotas en una narración sólida y con gran sentido del ritmo. En ésta, su última obra (tras un breve y poco trascendente periplo hollywoodiense), ha matizado varios de esos rasgos que antes he mencionado: el formalismo del cine clásico ha menguado su habitual ferocidad y la propia relevancia patriótica de lo que narra aporta un cariz de seriedad y trascendencia. Una maduración cinematográfica donde se aparcan los excesos y libertades precedentes para contar la historia de sus antepasados. Un país en ebullición que, nosotros como occidentales podemos sentir lejano, pero que es el fiel reflejo del totalitarismo que reinó en todo el mundo en la primera mitad del siglo XX; una mirada a los sacrificios del pasado para conseguir una mayor cohesión en el presente.

Ricardo Barbé

El imperio de las sombras (Mil-jeong, Corea del sur)

Dirección: Kim Jee-woon / Guión: Kim Jee-woon / Producción: Choi Jeong-hwa y Jin-sook Lee / Música: Mowg /  Fotografía: Kim Ji-yong  / Montaje: Yang Jin-mo /  Reparto: Song Kang-ho, Gong Yoo, Han Ji-min, Eom Tae-goo, Park Hee-soon, Lee Byung-hun, Shingo Tsurumi, Foster Burden.

 

 

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