22ª FESTIVAL DE CINE DE MÁLAGA. BALANCE GENERAL

La sombra de la alfombra roja es alargada

La vigésima segunda edición del festival malacitano supuso el tercer año en el que las dos principales secciones no la integraban exclusivamente películas españolas, pudiendo así competir obras producidas en cualquier país de Latinoamérica. Por ello, el festival pasó a llamarse de “cine español” a “cine en español”, erróneo matiz que excluye aquellas obras en las que su idioma original no es el castellano, sino el portugués, el catalán, el guaraní, etcétera. Además, fue la edición en la que mayor número de títulos se presentaban a concurso en la sección oficial, un total de 22 largometrajes (13 españoles y 9 latinoamericanos, aunque algunos sean coproducciones entre un lado y otro del charco), un número excesivo que, como se intuía desde el principio, fue una desacertada decisión. La cantidad nunca es sinónimo de calidad, máxime en un festival en el que a sus programadores les resulta tarea harta complicada seleccionar una suma elevada de filmes producidos en este país con un mínimo de exigencia. Es sabido que la mayoría de cineastas españoles desean exhibir sus películas en el marco del Festival de San Sebastián, y que aquellas obras que se encuentran terminadas para principios de primavera y tengan cierta vocación autoral esperan a ser escogidas en Cannes o Venecia, por lo que la selección se complica bastante al haber poco donde elegir.

Así que, como en años anteriores, la calidad del cine español la pusieron las películas que ya se habían exhibido anteriormente en otros festivales y que aún no tuvieron su estreno en nuestro país (los casos de las obras de Marques-Marcet, Ballús o Simó). El resto fueron, por lo general, comedias esquemáticas sin riesgo alguno, nutridas de convencionalismos y pueriles chistes e inofensivos dramas románticos con la descarada mirada puesta en el público adolescente. A esto se le suma la escasa valentía de los programadores, incluyendo en sección oficial películas que no debieran ser expuestas en ningún festival del mundo al mismo tiempo que relegan a la sección Zonazine títulos muy superiores en cuanto a su osadía en las formas, a su búsqueda de narrativas originales y a su experimentación hacia nuevos modelos de producción. Algo incompresible puesto que entre los objetivos de un festival de cine se encuentra el de ayudar a las pequeñas producciones para darle visibilidad y no tanto el de encumbrar a aquellas que no las necesitan. Aún más si en esta sección se hallaron algunas de las mejores obras nacionales que se han podido visionar en todo el certamen.

Pero en su conjunto, el nivel se elevó gracias a las cintas latinoamericanas, claramente la mejor selección del festival, tanto que en la competición se apreciaba una enorme división entre los títulos españoles y los llegados del continente americano. Parecían concursos paralelos dentro de una misma sección oficial y que, para más inri, culminó evidenciándose esa misma escisión en su premio mayor, otorgándose dos Biznagas de Oro que diferenciaban la mejor obra española con la mejor iberoamericana. Otra decisión inexplicable de la organización. Tal fue la brecha expuesta que había jornadas en las que nuestra cinematografía quedaba en ridículo, porque independientemente de que las propuestas llegadas de Latinoamérica fueran más o menos redondas y encandilarán en mayor o menor grado a la crítica allí presente se trataban de obras dignas de un festival y demostraban una apuesta autoral, una disposición por crear una obra artística y no un mero artefacto comercial para el entretenimiento. Notables películas como la costarricense El despertar de las hormigas (Antonella Sudasassi, 2019), la argentina Aire (Arturo Castro Godoy, 2018) o la colombiana Niña errante (Rubén Mendoza, 2019), todas ellas con una interesante mirada feminista que pone en valor la rebeldía de la mujer ante problemas contemporáneos de una sociedad patriarcal, reflejan la magnífica muestra de cine latinoamericano que se proyectó en Málaga.

¿Pero qué puede decirse de un festival que entre sus premios se encuentra el de mejor look? Sencillamente queda de manifiesto que sigue aceptándose la fórmula fortalecida por años anteriores de potenciar el glamour generado por celebridades al desfilar a través de la alfombra roja mientras centenares de adolescentes enloquecen por un selfie con ellos, porque la prensa rosa y generalista continúa haciéndose eco de este ritual, con toda la promoción que ello conlleva. Pero ante la abundante aparición de nuevos festivales cinematográficos en España, el de Málaga deberá decidir qué modelo quiere escoger si no quiere verse relegado a la marginalidad en cuanto a lo verdaderamente importante, la calidad de sus películas. Pues sobran comedias producidas por los propios patrocinadores del certamen destinadas a hacer caja en taquilla, y falta atrevimiento y más autonomía para programar; sobran encuentros con youtubers y jóvenes actores, y faltan coloquios con los directores; sobran flashes y falta cine. En el lado positivo, la segunda edición del MAFIZ (el área de industria del festival) ha concluido con la participación de 570 profesiones del sector audiovisual y la presentación de 50 proyectos, datos que demuestran cuál es la ruta a seguir en este sentido.

En definitiva, la 22ª edición del festival de Málaga terminó descontentando tanto a críticos como al público asistente, pues como ha quedado escrito, la selección de obras presentadas fue muy deficiente. Situación que termina radiografiando la cinematografía de un país donde los productores arriesgan poco, donde se realizan demasiadas comedias estúpidas y en donde el arte cada vez se sitúa más al margen. Quedan muchos deberes pendientes para el año que viene.

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